miércoles, 13 de mayo de 2020

EL HEDOR DE BUENOS AIRES

La Ciudad de Buenos Aires, la Capital Federal de todo el país, de sus habitantes y a cuya formación, riqueza y valor han concurrido y concurren la totalidad de las provincias, ha adoptado la política de discriminar la información sobre COVID 19 de acuerdo a tres categorías de situaciones: la total en la ciudad, y las parciales en la que denominan los barrios vulnerables y la de los casos de no residentes en la ciudad pero hospitalizados (ver en el sitio: buenosaires,gob,ar). Las autoridades porteñas dividen, así, en tres sujetos: la ciudad, las villas y los forasteros. Sin embargo, desde el punto de vista epidemiológico, lo indicado es clasificar especialmente por edades, en especial respecto de los mayores de 45 y 60 años para el COVID 19 o menores de 15 para otras enfermedades respiratorias, como bien se hace en el resto del país (ver en el sitio: ms.gba.gov.ar.) Si de algo sirve, será para darle la razón a que las villas no “tienen un problema por la densidad, sino que tienen muchos problemas por la precariedad”, como en la Villa 31, que hace poco estuvo sin agua durante 12 días (ver el sitio:lapoderosa.org.ar).
En verdad, esta manera de comunicar tiene implicancias más allá de lo meramente informativo, y sin desmerecer el registro de datos, con hondas resonancias para la visión del país. En una nota reciente, Eduardo de la Serna, del Grupo de Curas de Opción por los Pobres, reflexionaba sobre que “en varios medios ahora nos toque escuchar hablar de “el Barrio 31”, “el Barrio 1 – 11 – 14” [pero] los barrios en cuestión son lisa y llanamente “villas miseria”, y que son una cachetada directa en el rostro de la ciudad más rica de la Argentina [...] “les duele” es que esos “negros” estén ahí, que esas villas estén ahí […] mientras ahí estén, nos enrostran la injusticia, la desigualdad, el “hedor” (R. Kusch). Allí están, en medio de la “miseria” para que vea el que quiera o el que sepa, que hay un subconsciente, o un “subsuelo de la patria sublevada” (R. Scalabrini Ortiz)” (ver en el sitio pagina12.com.ar).
Una reflexión que nos mete en lo profundo del conflicto social y cultural, para lo cual nos es imprescindible la ayuda del hondo pensar de Raúl Scalabrini Ortiz y Rodolfo Kusch. Éste último ha planteado con certeza la cuestión en sus investigaciones, las que son vastas y profundas, por lo que apenas hago una muy pequeña mención para pensar. En América Profunda (1962), uno de sus libros más conocidos, planteó sus ideas acerca del hedor de América. Hediento es un calificativo que se refiere al prejuicio propio de nuestras minorías y clases medias, que suelen ver lo americano como nauseabundo, mientas se aferran a la pulcritud de lo racional europeo. El hedor de América se da más allá de esa rigidez de la ciudad pretendidamente ascética, blanca y culta, se encuentra, graficaba Kusch, “en un camión lleno de indios, en la segunda clase de un tren, y lo son las villas miserias”. El hedor americano, pese a nuestros prejuicios culturales y psicológicos, goza de extraordinaria vitalidad en toda la metrópoli. Kusch valora, mediante un fundamentado desarrollo con base en sus propias percepciones, “el hondo sentido positivo que tiene ese presunto hedor”.    
El hecho del coronavirus nos remite a la antigua idea de la peste, en donde las clases privilegiadas le atribuyen los gérmenes contaminantes a los cuerpos portadores del hedor americano. En la época colonial, la tifus, la viruela, la peste bubónica y el cólera se reproducían con el tráfico  de personas en la aldea esclavista, potenciado por las pésimas condiciones higiénicas; en 1871, la fiebre amarilla golpeó a los más pobres, mientras los  más ricos despoblaban la parte sur de la ciudad, y, en 1956, la dictadura de Aramburu atribuyó el brote de poliomielitis a la herencia maldita de la tiranía peronista. 
Con la peste emerge, dentro de la visión citadina, el hedor como prejuicio que impide la percepción de nuestra realidad. Estos prejuicios son los restos de un colonialismo cultural perimido en su mesianismo, pero frustrante en su insistencia. La autodenigración nacional y la europeización de nuestra cultura encontró desde, al menos los años 1940, su blanco en la figura del cabecita negra, objeto histórico de la discriminación. Y en el desprecio a los hombres y mujeres de las provincias migrantes a la gran Ciudad Metrópoli, como producto de la industrialización incipiente y nunca concluida del país, y en la negación obtusa de las culturas mestizas e indígenas. Pero aquel “hondo sentido positivo”, desde que se manifestó políticamente el 17 de octubre de 1945, hace que todo intento por ser borrado sea tan en vano como causa de divisiones, conflictos, crisis y frustraciones colectivas. El Equipo de Curas de Villas y Barrios Populares de Capital y Provincia, los "Curas villeros", en un documento llamado "Aniversario del Padre Mugica y el impacto del Coronavirus en las villas y barrios populares”, que fue presentado en la Parroquia Cristo Obrero de la Villa 31 de Retiro. dicen que hay cacerolas que con amor alimentan y dan esperanza y cacerolazos que dividen e infunden miedo al otro. Ahí está la disyuntiva de nuestra ciudad. Ahora, los supuestos hediondos, los villeros, los pobres, los marginados, el pueblo, se movilizan, a su modo, en la búsqueda de propuestas comunitarias a través de sus propias organizaciones de trabajadores, sociales y villeras (ver en el sitio megafonunla.com,ar, el ensayo “Trabajadores, estado y comunidad organizada frente al COVID 19”, de Mara Espasande y https://www.pagina12.com.ar/264232-la-curva-que-no-se-aplana). 
La ciudad de Buenos Aires en su pretensioso anhelo de llegar a ser, imita Paris, Madrid o Barcelona, pero solo logra cegarse a su realidad mestiza, sudamericana; de origen criollo, español y guaraní, de aldea colonial, puerto de esclavos y población afro, puerta de tierra adentro y centro de la cuenca del Plata, núcleo vital del país. La peste, ahora, le vuelve a recordar sus marcas de origen, su configuración histórica, el subsuelo de la patria, como vio alguna vez Scalabrini Ortiz.
La ciudad debe, una vez por todas, aceptar a las villas miserias con sus necesidades, y a las personas y familias bonaerenses y provincianas que confían en su ciudad capital para trabajar o reclamar por sus derechos. Darles su justo lugar, comprender sus problemas, escucharlos e integrarlos. El hedor de América sigue estando allí, con sus raíces en los Andes bolivianos y peruanos, en los bosques y llanos del Paraguay, en los millones de descendientes de los cabecitas negras que con su trajinar diario de ida y vuelta, le aportan su riqueza y valor a la gran plaza comercial y financiera del país. Ese presunto hedor es, pese a ella misma, la esperanza de la ciudad, no su miseria. 
En este asunto de las estadísticas emerge su gran problema y, por añadidura, el de la totalidad del país. Es todo parte del mismo problema. La ciudad debe abandonar su soberbio intento, tan necio como vano, de lavar su rostro sucio americano, y aceptarlo, para ser lo que, en verdad, es: la ciudad Capital Federal de todo el país. Y darle una cobija digna a todo habitante.

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