miércoles, 13 de mayo de 2020

EL HEDOR DE BUENOS AIRES

La Ciudad de Buenos Aires, la Capital Federal de todo el país, de sus habitantes y a cuya formación, riqueza y valor han concurrido y concurren la totalidad de las provincias, ha adoptado la política de discriminar la información sobre COVID 19 de acuerdo a tres categorías de situaciones: la total en la ciudad, y las parciales en la que denominan los barrios vulnerables y la de los casos de no residentes en la ciudad pero hospitalizados (ver en el sitio: buenosaires,gob,ar). Las autoridades porteñas dividen, así, en tres sujetos: la ciudad, las villas y los forasteros. Sin embargo, desde el punto de vista epidemiológico, lo indicado es clasificar especialmente por edades, en especial respecto de los mayores de 45 y 60 años para el COVID 19 o menores de 15 para otras enfermedades respiratorias, como bien se hace en el resto del país (ver en el sitio: ms.gba.gov.ar.) Si de algo sirve, será para darle la razón a que las villas no “tienen un problema por la densidad, sino que tienen muchos problemas por la precariedad”, como en la Villa 31, que hace poco estuvo sin agua durante 12 días (ver el sitio:lapoderosa.org.ar).
En verdad, esta manera de comunicar tiene implicancias más allá de lo meramente informativo, y sin desmerecer el registro de datos, con hondas resonancias para la visión del país. En una nota reciente, Eduardo de la Serna, del Grupo de Curas de Opción por los Pobres, reflexionaba sobre que “en varios medios ahora nos toque escuchar hablar de “el Barrio 31”, “el Barrio 1 – 11 – 14” [pero] los barrios en cuestión son lisa y llanamente “villas miseria”, y que son una cachetada directa en el rostro de la ciudad más rica de la Argentina [...] “les duele” es que esos “negros” estén ahí, que esas villas estén ahí […] mientras ahí estén, nos enrostran la injusticia, la desigualdad, el “hedor” (R. Kusch). Allí están, en medio de la “miseria” para que vea el que quiera o el que sepa, que hay un subconsciente, o un “subsuelo de la patria sublevada” (R. Scalabrini Ortiz)” (ver en el sitio pagina12.com.ar).
Una reflexión que nos mete en lo profundo del conflicto social y cultural, para lo cual nos es imprescindible la ayuda del hondo pensar de Raúl Scalabrini Ortiz y Rodolfo Kusch. Éste último ha planteado con certeza la cuestión en sus investigaciones, las que son vastas y profundas, por lo que apenas hago una muy pequeña mención para pensar. En América Profunda (1962), uno de sus libros más conocidos, planteó sus ideas acerca del hedor de América. Hediento es un calificativo que se refiere al prejuicio propio de nuestras minorías y clases medias, que suelen ver lo americano como nauseabundo, mientas se aferran a la pulcritud de lo racional europeo. El hedor de América se da más allá de esa rigidez de la ciudad pretendidamente ascética, blanca y culta, se encuentra, graficaba Kusch, “en un camión lleno de indios, en la segunda clase de un tren, y lo son las villas miserias”. El hedor americano, pese a nuestros prejuicios culturales y psicológicos, goza de extraordinaria vitalidad en toda la metrópoli. Kusch valora, mediante un fundamentado desarrollo con base en sus propias percepciones, “el hondo sentido positivo que tiene ese presunto hedor”.    
El hecho del coronavirus nos remite a la antigua idea de la peste, en donde las clases privilegiadas le atribuyen los gérmenes contaminantes a los cuerpos portadores del hedor americano. En la época colonial, la tifus, la viruela, la peste bubónica y el cólera se reproducían con el tráfico  de personas en la aldea esclavista, potenciado por las pésimas condiciones higiénicas; en 1871, la fiebre amarilla golpeó a los más pobres, mientras los  más ricos despoblaban la parte sur de la ciudad, y, en 1956, la dictadura de Aramburu atribuyó el brote de poliomielitis a la herencia maldita de la tiranía peronista. 
Con la peste emerge, dentro de la visión citadina, el hedor como prejuicio que impide la percepción de nuestra realidad. Estos prejuicios son los restos de un colonialismo cultural perimido en su mesianismo, pero frustrante en su insistencia. La autodenigración nacional y la europeización de nuestra cultura encontró desde, al menos los años 1940, su blanco en la figura del cabecita negra, objeto histórico de la discriminación. Y en el desprecio a los hombres y mujeres de las provincias migrantes a la gran Ciudad Metrópoli, como producto de la industrialización incipiente y nunca concluida del país, y en la negación obtusa de las culturas mestizas e indígenas. Pero aquel “hondo sentido positivo”, desde que se manifestó políticamente el 17 de octubre de 1945, hace que todo intento por ser borrado sea tan en vano como causa de divisiones, conflictos, crisis y frustraciones colectivas. El Equipo de Curas de Villas y Barrios Populares de Capital y Provincia, los "Curas villeros", en un documento llamado "Aniversario del Padre Mugica y el impacto del Coronavirus en las villas y barrios populares”, que fue presentado en la Parroquia Cristo Obrero de la Villa 31 de Retiro. dicen que hay cacerolas que con amor alimentan y dan esperanza y cacerolazos que dividen e infunden miedo al otro. Ahí está la disyuntiva de nuestra ciudad. Ahora, los supuestos hediondos, los villeros, los pobres, los marginados, el pueblo, se movilizan, a su modo, en la búsqueda de propuestas comunitarias a través de sus propias organizaciones de trabajadores, sociales y villeras (ver en el sitio megafonunla.com,ar, el ensayo “Trabajadores, estado y comunidad organizada frente al COVID 19”, de Mara Espasande y https://www.pagina12.com.ar/264232-la-curva-que-no-se-aplana). 
La ciudad de Buenos Aires en su pretensioso anhelo de llegar a ser, imita Paris, Madrid o Barcelona, pero solo logra cegarse a su realidad mestiza, sudamericana; de origen criollo, español y guaraní, de aldea colonial, puerto de esclavos y población afro, puerta de tierra adentro y centro de la cuenca del Plata, núcleo vital del país. La peste, ahora, le vuelve a recordar sus marcas de origen, su configuración histórica, el subsuelo de la patria, como vio alguna vez Scalabrini Ortiz.
La ciudad debe, una vez por todas, aceptar a las villas miserias con sus necesidades, y a las personas y familias bonaerenses y provincianas que confían en su ciudad capital para trabajar o reclamar por sus derechos. Darles su justo lugar, comprender sus problemas, escucharlos e integrarlos. El hedor de América sigue estando allí, con sus raíces en los Andes bolivianos y peruanos, en los bosques y llanos del Paraguay, en los millones de descendientes de los cabecitas negras que con su trajinar diario de ida y vuelta, le aportan su riqueza y valor a la gran plaza comercial y financiera del país. Ese presunto hedor es, pese a ella misma, la esperanza de la ciudad, no su miseria. 
En este asunto de las estadísticas emerge su gran problema y, por añadidura, el de la totalidad del país. Es todo parte del mismo problema. La ciudad debe abandonar su soberbio intento, tan necio como vano, de lavar su rostro sucio americano, y aceptarlo, para ser lo que, en verdad, es: la ciudad Capital Federal de todo el país. Y darle una cobija digna a todo habitante.

jueves, 24 de octubre de 2019

BOLIVIA: ELECCIONES Y UN BALANCE


Las elecciones presidenciales en Bolivia muestran un escenario de polarización social. A la espera del escrutinio final que defina si Evo Morales ganó en primera vuelta, o es necesario un balotaje con su principal opositor, el ex presidente Carlos Mesa, el país se encuentra en una situación donde las tensiones se acentúan. En principio, Evo saca una ventaja del 46,85 por ciento contra el 36,78, con lo que conseguiría los diez puntos de diferencia para el triunfo definitivo. La definición, más allá de los números finales, va a depender de la predisposición de las partes para respetar las reglas del juego institucional, lo cual, de acuerdo a los antecedentes de los sectores de la oposición, es poco esperable ((https://www.eldeber.com.bo/154140_mesa-decide-desconocer-los-resultados-del-trep). Basta tener presente que éstos no vacilaron, en abril último, en pedir a los Estados Unidos su intervención ante la OEA para impedir la postulación de Evo Morales y la continuación de lo que denominan una dictadura totalitaria (http://www.la-razon.com/nacional/bolivia-eeuu-carta-reeleccion-trump-diputados-evo_0_3128087181.html). El senado estadounidense los apoyó y hasta el presidente de Colombia, hace días, tuvo la osadía de recurrir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para pedir una opinión en contra de Bolivia. La Central Obrera Boliviana (COB) y la Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam) se declararon en estado de emergencia y movilización pacífica nacional en defensa de la democracia (https://www1.abi.bo/abi_/).
En cualquier caso, destaca la persistencia del apoyo popular (en especial, trabajadores, indígenas y campesinos) al proyecto de país conducido por Evo Morales tras catorce años, por un lado, pero, a la vez, se advierte una merma sensible en ella, en relación a las elecciones pasadas. Esto, sumado al crecimiento del candidato opositor, ha generado un escenario de fuerte disputa por el poder político, que seguirá aunque Evo gane. La división por regiones es de clases sociales y hasta étnica también: La Paz y Cochabamba, con un apoyo mayor al 50%, son el núcleo duro del MAS, mientras que Santa Cruz y Beni, lo son de la oposición, donde los guarismos se invierten. En su primer triunfo presidencial, en 2005, Evo obtuvo el 53,7 % de los votos contra el 28,5% de Jorge Quiroga; mientras que en el último, en 2014, había alcanzado el notable apoyo del 61,36% del electorado contra el 24,23% de Samuel Doria Medina. Pero el 21 de febrero de 2016, Evo tuvo un traspié al perder el referendum para reformar la constitución y habilitar una nueva reelección que se encontraba vedada, por 51.3% a 48.7%. Luego, el Tribunal Constitucional habilitó la postulación con base en el derecho a elegir del pueblo boliviano y la preeminencia de la Convención Americana sobre Derechos Humanos.
Se configura así, ahora, un escenario de disputa real sobre la dirección política del Estado boliviano, que no se había dado en los últimos años, con un relativo deterioro del liderazgo social de Evo Morales, pese al núcleo duro amplio y generoso, con un reposicionamiento de sectores de la oposición que, hasta ahora, eran una minoría, y en el contexto de una revalorización geopolítica del país, por sus recursos naturales y el vigor nacional dado por el proyecto del propio MAS.
Bolivia, un balance.
Más allá de la deriva definitiva de la contienda y de las reflexiones que se puedan hacer sobre las dificultades que los movimientos nacionales encuentran para lograr el recambio político que garantice su continuidad en el poder, por naturales desgastes y agotamiento de gestión, el proceso político liderado por Juan Evo Morales Ayma -el primer presidente indígena de Latinoamérica, desde Benito Juárez, de la etnia Zapoteca, en México a mediados del SXIX- vino a reivindicar a las mayorías populares de la histórica devastación material y cultural.
Bolivia es un país con una población nativa de diversidad de orígenes y culturales, tan variada y rica como su geografía, que combina el alto andino sudamericano, con las llanuras, valles y yungas, la región amazónica y la chaqueña. Sin embargo, ha sufrido durante décadas un atraso económico y desigualdades sociales, a consecuencia de una geopolítica del encierro impuesta, mientras se desarrollaba una visión de autodesprecio profundo, con culpas atribuidas al mayoritario pueblo nativo.
El ciclo de las presidencias de Evo Morales comenzó con la derrota política de los gestores del neoliberalismo y la entrega indisimulada del país, a partir de los alzamientos populares de las guerras del agua y del gas. La plata, el salitre, el estaño y el petróleo, fueron las riquezas históricamente saqueadas de Bolivia, en perjuicio de su propio pueblo, por las potencias extranjeras en complicidad de una oligarquía local, a excepción de etapas como la de la revolución nacional del Movimiento Nacionalista Revolucionario en 1952, aunque luego declinante. Evo Morales recupera los recursos del hidrocarburo (gas y petróleo), el agua, y luego desarrolla minerales como el litio. Históricamente humillado, por la Guerra del Pacífico y la pérdida del litoral, por la Guerra del Chaco, y la estigmatización internacional del país con la política de erradicación de la hoja de coca impulsada por Estados Unidos, la política de Evo Morales recupera, además, una autoestima nacional perdida. Un dato significativo es que en las mesas del exterior, el MAS se impuso con el 59,84% de la votación.
Desde entonces, Bolivia llevó adelante un proyecto estratégico de nación, con eje en la soberanía de la política exterior de orientación continental, la recuperación de los recursos naturales, el desarrollo de sus fuerzas productivas y del conocimiento tecnológico, la transformación de las relaciones de producción y de las instituciones públicas, las cuales, como dice el Vice Presidente García Linera, se las descolonizó (https://vicepresidencia.gob.bo/Garcia-Linera-hemos-avanzado-en-la), y una economía de carácter mixta, en la que actúan los sectores privado, comunitario, campesino e indígena, bajo la dirección del Estado. Sus objetivos estratégicos son: igualdad, soberanía y desarrollo. Su proyecto de nación utilizó, al modo realizado por Venezuela en 1999, antes, y Ecuador en 2008, después, como plataforma de lanzamiento una asamblea constituyente, con fuerte presencia de movimientos sociales, de trabajadores y sectores populares, donde fijó un programa de país de objetivos antiimperialistas, socialistas, con nociones como buen vivir y bien común y sentando las bases jurídicas de la nacionalización con control estatal de las áreas estratégicas de la economía, y para un sistema político de ampliación de la participación de los ciudadanos y de las comunidades. En el Preámbulo se señala: “El pueblo boliviano, de composición plural, desde la profundidad de la historia, inspirado en las luchas del pasado, en la sublevación indígena anticolonial, en la independencia, en las luchas populares de liberación, en las marchas indígenas, sociales y sindicales, en las guerras del agua y de octubre, en las luchas por la tierra y territorio, con la memoria de nuestros mártires, construimos un nuevo Estado.
La transformación de la realidad le fue a la par. Un país desarticulado internamente, desde lo económico, político e institucional, con vastas zonas incomunicadas, casi sin rutas; con una sociedad geográficamente dividida y socialmente fragmentada, con una mayoría popular hundida en la pobreza y sin esperanza de crecimiento, en contraste unos pequeños enclaves de privilegiados ubicados en la zona geográfica de la medialuna, alrededor de Santa Cruz.
La nacionalización de los hidrocarburos ha sido fundamental, ya que la captación estatal de esa renta extraordinaria ha permitido el sustento de una redistribución inédita de la riqueza, por medio de programas sociales (como los Juancito Pinto, Juana Azurduy y Renta Dignidad), del aumento del poder adquisitivo de los sectores populares y el fortalecimiento del rol activo del estado. La pobreza extrema bajó del 45,2% de la población en 2000, al 17,1% en 2017, y la pobreza lo hizo del 61% al 37%. “Mientras que en el año 2005 la riqueza acaparada por el 10% más rico era 128 veces superior a la del 10% más pobre, para el año 2016 esta distancia se había reducido 46 veces.”, según el CELAG (https://www.celag.org/radiografia-situacion-economica-boliviana/). Como explica el propio gobierno boliviano: “Lo que el Gobierno hace es contribuir al crecimiento económico mediante la redistribución del ingreso” (https://www.consuladodebolivia.com.ar/2017/04/08/la-cepal-destaca-la-distribucion-la-riqueza-bolivia/).
En su último discurso en la ONU, Evo Morales señaló: "Digámoslo con mucha claridad: la raíz del problema está en el capitalismo" y ”el mundo está siendo controlado por una oligarquía global, solo un "puñado de multimillonarios". Desde Bolivia ratifican su compromiso "para consolidar un nuevo orden mundial de paz con justicia social, en armonía con la Madre Tierra para vivir bien, respetando la dignidad e identidad de los pueblos" (https://actualidad.rt.com/actualidad/328114-evo-morales-discurso-asamblea-general-onu).
Justamente, ese es el significado importante de estas elecciones: saber si Bolivia ratifica el camino hasta ahora transitado, o si, en la encrucijada, retrocede.

Para el sitio de medios de la UNLa: megafonunla.com.ar

lunes, 14 de octubre de 2019

VIGENCIA DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS EN ARGENTINA


El legado cultural indígena en cada uno de nuestros países americanos, de distinta intensidad según las regiones, pero de una gran complejidad y desarrollo, así como la existencia actual de comunidades y personas pertenecientes a los pueblos indígenas, torna imprescindible su justa reivindicación y consideración, para fortalecer el curso de la formación de una sociedad latinoamericana solidaria y autónoma. El protagonismo y peso de los pueblos indígenas en nuestro continente es ancestral, persistente y actual, aunque en Argentina su peso político sea marginal. Ellos son actores del mestizaje como factor constituyente de la cultura americana y principal de los legados del período colonial, un proceso de enorme intensidad presente, que lleva a Miguel León-Portillai, a decir que, ahora “Mesoamérica está presente hasta en Estados Unidos”ii
De la visión de los vencidos de la conquista española en México, según el ensayo de este mismo historiador, a la existencia de una filosofía permanente y propia, como muestran las investigaciones de Rodolfo Kusch; de las rebeliones mesoamericanas y andinas contra las estructuras virreinales a las luchas campesinas del siglo XIX, de los movimientos nacionales del siglo XX que los tuvo como protagonistas de una manera o de otra, como el MNR boliviano, la Revolución Mexicana y el cardenismo, el campesinado en los Andes peruanos retratado por Manuel Scorza, el peronismo; de la rebelión maya-zapatista, el mismo día de la entrada de México al NAFTA, el 1 de enero de 1994, a las guerras del agua y del gas en Bolivia, las seguidillas de rebeliones en Ecuador, y las recepciones constitucionales de sus aportes sobre los conceptos de Buen Vivir y Madre Tierra. El índice de la lucha política es tan variado como numeroso y potente. La razón es tan simple como fundada: el hecho de la condición mestiza y étnicamente rica de la identidad nacional de nuestros países de América. Más significativas son, aún, las recurrentes insurrecciones populares en los países andinos y en México, donde asientan los que Darcy Ribeiro llamaba los “pueblos testimonios”, descendientes de las antiguas civilizaciones precolombinas de mayor desarrollo (Azteca, Maya, Inca). En estos países, la identidad indígena encuentra un mayor fortalecimiento, lo cual se expresa en su participación política. En estos Pueblos Testimonios, el concepto jurídico político de autonomía adquiere un significado más desarrollado y se manifiesta en la forma de autonomía municipal, completa o relativa. En cambio, en los Pueblos Nuevos o Transplantados -como los rioplatenses, según la clasificación del autor brasilero-, la autonomía indígena no adopta la misma forma y es de menor intensidad. En México, casi 15% del total de la población es indígena, repartida en 62 etnias que viven en ciudades, municipios indígenas o con presencia indígena, y en EEUUiii. En Ecuador, de acuerdo con el último censo nacional de 2010, las personas que se autodefinen como indígenas representan el 7 % de la población totaliv. En Peru, de acuerdo a datos de 2018, alrededor del 27% del total de la población hace lo propiocomo parte de algún pueblo indígena u originario por sus costumbres y antepasados, y un 53% del total de la población como mestizav. En Bolivia, mediante un sistema complejo de análisis de información, se concluyó que de la población de más de 15 años, el 66% es identificada como indígena (plena y parcial)vi. En este país, el protagonismo indígena adquirió tal dimensión que erigió, por primera vez en el continente, a un presidente indígena. Evo Morales Ayma implementa una política de soberanía nacional, unidad regional, desarrollo productivo y descolonización estatal inédita para Bolivia. En verdad, Benito Juárez fue, tal vez, el primer presidente en el continente de origen indígena -zapoteco-, en México (1858-1872), aunque su programa no haya tenido un contenido de reivindicación específica de esos pueblos.

En Argentina.
En el Censo Nacional de Población y Vivienda 2010, se identifican indígenas un total de 955.032 personas, lo que representa 2.5 % de la población totalvii. Las organizaciones de pueblos originarios refieren la existencia de, al menos, 39 pueblos, etnias o culturas, con más de 1600 comunidades, De acuerdo al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, están distribuidas por todas las provincias, con variado peso poblacional y complejos grados de organización y con realidades y necesidades no siempre adecuadamente visibilizadas y atendidas, con características más rurales algunas y de carácter más urbanas otras, donde se asientan más de la mitad de las personas indígenas. El número debería aumentar si se incluyen a los migrantes de países vecinos de origen indígena.
Las palabras indígena, aborigen u originario -que son sinónimos- son la manera en que son designados estos pueblos, cuyas diversidad y riqueza no alcanza a ser comprendida bajo esta denominación genérica. Sus identidades particulares tienen sus propios nombres: Atacama, Aymara, Chané, Charrúa, Chorote, Chulupí, Comechingón, Diaguita, Guaraní, Guaycurú, Huarpe, Logys, Kolla, Kolla Atacameño, Lule, Lule Vilela, Mapuche, Mapuche Tehuelche, Mocoví, Mbya Guaraní, Ocloya, Omaguaca, Pilagá, Quechua, Ranquel, Sanavirón, Selk'Nam (Ona), Tapiete, Tastil, Tehuelche, Tilián, Toba (Qom), Tonokoté, Vilela, Wichí.A veces, se las denomina naciones, pero en verdad son pueblos, etnias o culturas, ya que desde, al menos, fines del S. XVIII la posibilidad de realizar una cuestión nacional propia se encontraba perimidaSus existencias y reclamos tienen su vía de realización solamente al interior de una formación social y nacional que las contenga. De ahí, que habitualmente se compartían la idea de Patria Grande Americana que también tenían los grandes líderes políticos criollos. Una visión multiétnica de la identidad americana también estaba presente en el ideario de los grandes líderes criollos en las luchas por la emancipación en las primeras décadas del S. XIX, del sur al norte del continente como San Martín, Bolivar, Castelli, Monteagudo y Artigas, Morelos e Hidalgo, quienes, además, les reconocían un protagonismo en las luchas. San Martín, significativamente, los denominó en una proclama suya, “nuestros paisanos los indios”.

En los márgenes sociales del país dependiente.
El régimen oligárquico argentino interpretó la igualdad jurídica, declarada en el artículo 16 de la Constitución de 1853, de manera racista porque en mayor o menor medida discriminó y persiguió al gaucho, peón, obrero, indígena, migrante pobre y a las masas populares en general. El modelo agroexportador con dependencia económica financiera, empujó a las comunidades a los márgenes de la sociedad, quedando excluidas del desarrollo tecnológico, del mercado y la atención del estado, siendo desalojadas, especialmente, de la zona pampeana. El odio de clase, bajo la consigna de la civilización contra la barbarie, característico de las castas dominantes blancas, propietarias, europeístas y antipopulares, se despliega por todo el abanico del pueblo, mostrando un especial desprecio hacia lo indígena. Civilizar fue desnacionalizar, según la síntesis de Arturo Jauretche, por lo que la marginación de los indígenas de la vida social fue una cruda manifestación de la enajenación del país.
Durante el S. XX, hombres y mujeres del interior del país y de los suburbios bonaerenses, son nombrados como cabecitas negras, dentro de los cuales, las personas indígenas sufren la indiferencia y la discriminación más acentuada, al punto de sentirse ciudadanos de segunda o tercera, como extranjeros en su propia patria. Con cruel sinceridad, la Corte Suprema de Justicia de la Nación, ese antiguo guardián de las estructuras de poder, declaró en el Fallo “Lorenzo Guari” de 1929, que los indígenas no tenían derecho a la posesión comunitaria, ni a ser sujetos de derecho colectivo como comunidad, doctrina judicial que rigió hasta fines del siglo pasado.
Los estados nacional populares, en el S. XX, con su política de ampliación de la ciudadanía y de la democracia social, los incorporó en su condición de sujetos trabajadores rurales o proletariado urbano, como en el caso del indigenismo como política pública, a partir de 1940, especialmente en México, Bolivia y Argentina. Las comunidades fueron destinatarias, aunque insuficiente, de planes agrarios, de colonización agraria y reparto de tierras,  promovidos por el estado, en línea con Mariátegui en eso de que "el problema del indio es la tierra". La Organización Internacional del Trabajo será, con el tiempo, el organismo a nivel regional que dará categoría de sujeto de derecho específico a las personas indígenas. Desde los primeros convenios, hasta el nro. 107 (1957) y el más conocido e invocado, nro. 169 (1989). En nuestro país, además del Peronismo, cabe resaltar el precursor “Informe sobre el estado de las clases obreras” de Juan Bialet Massé, en 1904. De a poco, tras la sanción del artículo 75 inc. 17 de la Constitución Nacional en 1994, y sus análogos provinciales, los jueces fueron reconociendo, a regañadientes y en forma parcial, sus derechos (tierra, cultura, participación, acceso a la justicia), los cuales hoy son parte de su principal reclamo: una mayor integración a la sociedad, en pie de igualdad real de ciudadanía, pese a la marginación social y jurídica y su escaso peso político. 
 Aún hoy, padecen la negación de su existencia de personas titulares de derechos y ciudadanía, en pleno siglo XXI le atribuyen una condición inferior al resto, como se nota de este testimonio de una mujer qom quien, pese a que reclama porque la policía le mató a su hijo, también reclama lúcidamente por su pueblo: "también vengo por mi pueblo qom, que sufre mucho, la policía persigue a los hermanitos, los castiga y los largan, o no, así desaparecen muchos chicos, querés hacer la denuncia y no te la toman, te miran a la cara y no existís. Pero somos como las raíces de las plantas, no nos van a desaparecer, las nuevas generaciones seguimos estando". Luego de estar con el ministro del interio, Rogelio Frigerio, las mujeres indígenas dijeron: "fue racista y mal educado porque se levantó antes que termináramos de hablar" (https://www.pagina12.com.ar/226223-finalizo-la-ocupacion-de-las-mujeres-indigenas-en-el-ministe?fbclid=IwAR14C8nXWeGSxWMh-oVtFfkHJTOmM2DCup682_7U0b6mDp5tNHxBNrY68-k).

Algunas reflexiones.
Por lo general, cualquier reflexión sobre los pueblos indígenas nos remite al hecho de la conquista española. Sobre lo cual hay que señalar la insuficiencia de las lecturas habituales. Ni la leyenda rosa ni la leyenda negra sobre la colonización ibérica en el continente, alcanzan a brindar una comprensión integral, así como concluyen en la denigración de los pueblos indígenas y de nuestra identidad nacional.
En la primera, por subestimarlos en su condición propia, sea por justificar la subordinación económica y cultural en supuestas condiciones innatas, o bien directamente propiciar su negación y exterminio, en la actualidad bajo formas de racismo y etnocidio. En esta tarea se encargan los voceros mediáticos de las oligarquías terratenientes del continente. En la segunda, por subestimarlos y atribuirles cualidades de una cultura estática y abstracta, con una historia propia aislada de la sociedad, que ni los propios pueblos interesados suelen compartirla. Así, discursos varios se alinean para hablar en nombre de ellos, desde una interpretación descontextualizada de las sociedades y de la historia general de las regiones y los países, a veces en procura de describir hábitos y costumbres exóticas, otras para poner en evidencia atributos singulares de su cultura como factor del atraso. Esta interpretación suele operar como vía indirecta para denostar también a la identidad nacional por un supuesto origen criminal. Resulta relevante ver que, salvo expresiones marginales, no hay posiciones indígenas separatistas de sus países, como agitan fantasmas con discursos reaccionarios ligados a la derecha trasnacional, quienes propician un tratamiento ligado a problemas de seguridad y de terrorismo internacionalviii. Los impulsos de fragmentación del espacio nacional han provenido históricamente de las elites oligárquicas asentadas en las ciudades puerto, adversarias de un modelo de desarrollo tierra adentro, donde habitan los pueblos indígenas.
Darcy Ribeiro dio precisiones que considero válidas para la comprensión del presente americano, al ensayar una síntesis de las configuraciones histórico culturales de nuestros pueblos, como “poblaciones muy diferenciadas pero también suficientemente homogéneas en cuanto a sus características étnicas básicas y a los problemas de desarrollo que enfrentan”. Los latinoamericanos somos actualmente, dice “el producto de dos mil años de latinidad, mezclada con poblaciones mongoloides y negroides, aderezada con la herencia de múltiples patrimonios culturales y cristalizadas bajo la compulsión de la esclavitud y de la expansión salvacionista ibérica. Es decir, una civilización tan vieja como las más antiguas en lo que respecta a su cultura, a la vez que constituyen pueblos tan nuevos como los más recientes en cuanto a etnias”ix.En nuestro país, el predominio del tipo étnico europeo, que desplazó especialmente en la región pampeana y del litoral -donde esta el núcleo agroexportador-, a las generaciones criollas, cuyo primer origen en la misma zona, es neoguaranítico, no deriva en la negación de la existencia de minorías étnicas descendientes de los pueblos preexistentes. 
El 12 de octubre de 1992 un grupo de indígenas derribaron la estatua del colonizador español Diego de Mazariegos, fundador de la actual ciudad San Cristóbal de las Casas.

 Para concluir, digo que la identidad de una nación se construye con la admisión del mestizaje dado por los aportes sociales de los diferentes sectores asentados en su territorio a lo largo del desarrollo histórico y la admisión de las particularidades de las visiones propias de cada uno (tradiciones, filosofías, normas, anhelos, lenguajes); de lo contrario, tiene lugar la confrontación, la fricción (“fricción interétnica” le llamaba Roberto Cardoso de Oliveirax) o la lisa y llana extinción de la cultura subordinada, lo cual conduce a una división dentro del pueblo que obstaculiza la formación de una conciencia nacional. Por eso, la comprensión de la vida de los pueblos y el devenir histórico y presente de las culturas indígenas, forman parte también de la de los problemas de la patria.

Javier Azzali, octubre de 2019.

i Miguel León-Portilla (1926-2019), historiador y filósofo mexicano estudioso de la cultura indígena y hablante del idioma nahuatl. Publicó numerosos libros y ensayos, entre ellos, el más conocido tal vez, “Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista.” (1959), traducido a varias lenguas.
iiiSegún el Censo de Población y Vivienda 2010, del INEGI.
ivhttp://www.ecuadorencifras.gob.ec/resultados/
vhttps://bdpi.cultura.gob.pe
vihttps://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/3566/S2009029_es.pdf?sequence=1&isAllowed=y
ixDarcy Ribeiro. “Las Américas y la civilización”. Buenos Aires, 1985, Centro Editor de América Latina.
xRoberto Cardoso de Oliveira en “Aculturación y fricción interétnica”. Disponible en: http://www.ciesas.edu.mx/publicaciones/clasicos/articulos/aculturacionyfriccion.pdf (visitado en 12/10/2019)


viernes, 23 de agosto de 2019

EL SENTIDO DEL VOTO POPULAR | Resumen Nacional


Las elecciones primarias del 11 de Agosto tienen un significado profundo que merece una reflexión permanente y atenta porque marca el inicio de una nueva etapa política en el país. El resultado electoral tiene el valioso y notable efecto de dar un paso fundamental para poner fin al ciclo oligárquico, y constituye una manifestación de voluntad política de las mayorías populares de rechazo al régimen de la dependencia impuesto por la alianza PRO UCR. Una nueva configuración del actuar popular en orden a reorientar la dirección del país, tanto en lo interno como en las relaciones internacionales, en un rumbo de producción y trabajo, por lo primero, y de autonomía, por lo segundo.
Esta reconstrucción política del movimiento nacional tiene, además, el significado de quebrar la imposición de la ideología de la resignación, el miedo y la parálisis, intentada de forma brutal por los grandes medios de la comunicación concentrada, en alianza directa con los personeros políticos que nos gobiernan. El experimento oligárquico, con núcleo en el dominio del centro político del país –las administraciones de Capital Federal, Provincia de Buenos Aires y la Nación- pierde la legitimidad democrática alcanzada en 2015. Lo dicho por Dujovne sobre que nunca antes un gobierno había llevado adelante estas políticas sin que pudiera terminar su mandato, puede complementarse con que eso de que por primera vez quienes las ejecutan llegaron al gobierno con el apoyo de una elección ganada. Pero ahora esas políticas fueron repudiadas por una mayoría. Mantiene, sí, su vigencia en un porcentaje importante de la población asentada, geográficamente, en el centro de la pampa húmeda y sojera y el núcleo capitalino del país, y, culturalmente, en la visión autodenigrada de una nación débil y sometida.
Huellas de las luchas.
Reflexionar sobre las huellas profundas aradas por las luchas sociales de estos cuatro años no sólo es la clave para aproximarnos a una comprensión más adecuada del presente, sino para pensar y actuar en el futuro inmediato. El triunfo electoral es el resultado de un proceso de acumulación tan constante como intensa, que tuvo lugar desde el inicio mismo del ciclo oligárquico, con el fin de erosionarlo, y en la que participaron de diferentes maneras y desde lugares distintos las más variadas organizaciones de trabajadores y bases populares movilizadas para resistir y confrontar ante los oídos sordos de la soberbia gobernante. En esa senda de crítica, cuestionamiento y lucha transitan las fuerzas sociales de raíz nacional, desde los sectores populares, los trabajadores, los pequeños y medianos productores rurales e industriales, entre otros. Y allí encuentra sustento social la fuerza que ahora emerge en este proceso electoral en dos actos. Ahí estuvieron los sindicatos, más allá de la parsimonia sospechosa de la cúpula de la CGT, y las organizaciones sociales, y la masiva rebelión de las mujeres y los jóvenes, de impronta antimacrista.
Estas fueron las notas particulares de la reconstrucción política del movimiento nacional: resistencia a las políticas de ajuste, protagonismo de una nueva generación de delegados sindicales, mujeres en las calles, jóvenes secundarios, trabajadores de la agricultura familiar de todo el país. Un sentido colectivo de la patria emerge, en busca de un escenario política propicio para su realización social. Pese al visible esfuerzo de AF, de colocarse en el lugar del candidato de la conciliación y el progreso indefinido y pacífico, con el fin de no adelantar conflictos de intereses que necesariamente se presentarán en su gestión de gobierno desde el primer día, los distintos sectores populares y de los trabajadores enriquecerían el actual proceso electoral con el aporte de sus perspectivas programáticas propias. Ahora más que nunca la afirmación que el frente es con todos puede adquirir un sentido profundo si se colmara de las exigencias concretas de los trabajadores y del pueblo en general, sin miedo a que ello esmerile al candidato, quien ha mostrado saber cuidarse bien solo en medios hostiles. Aquí, al menos, su programa enunciado, que ya es bastante: https://info135.com.ar/wp-content/uploads/2019/06/1_4904644835744416195.pdf

En fin, todo esto tiene un extraordinario y trascendental significado político, advertible apenas se lo dimensione en el largo trazo de la historia. Se trata pues, de un capítulo de la larga lucha de los argentinos y argentinas, en recuerdo a uno de los tantos notables libros de Norberto Galasso, en el que el movimiento nacional logra organizarse y direccionar el destino colectivo de acuerdo al interés nacional y popular. Reiteramos lo que en una nota anterior, para reafirmar la vocación democrática de nuestro pueblo para revertir procesos de enajenación social: “lo verdaderamente importante es que el pueblo, cada vez que puede y lo dejan, se expresa en las urnas con decisión. Así lo reclamó durante los largos 17 años a partir del infausto septiembre de 1955, lo concretó en 1973 apoyando a Campora primero y a Perón-Perón después; lo hizo en octubre de 1983 para impulsar la democracia mediante su concurrencia masiva y entusiasta, y se hizo escuchar fuerte con el 54% de 2011 para apoyar la reelección de Cristina Fernández. Cada caso, con sus matices y limitaciones, constituyó una auténtica expresión de autodeterminación popular, donde el pueblo precisó el rumbo de su destino contra la voluntad de los sectores dominantes.” (en http://cuestionesdelapatria.blogspot.com/2019/06/la-hora-del-pueblo-resumen-nacional.html). La magnitud del apoyo logrado en las PASO por el Frente de Todos, autoriza a pensar que no se trata de un escenario de opción por el mal menor, sino del ejercicio de la autodeterminación de una mayoría nacional ante la devastadora regresión sufrida.
Fracaso oligárquico y esperanza nacional.
Así, entonces, el modelo oligárquico ha fracasado en su intento de estabilizarse por medio de las reglas de la democracia, en la expectativa de contar con el apoyo ciego y suicida de un sector de la población. La alianza política triunfante tendrá debilidades y limitaciones, pero fue lo suficientemente apta como para ser la expresión de una nueva mayoría nacional democrática. Aún así, nos queda la dependencia y una devastación social, ante la cual sólo mediante un nuevo ciclo nacional será posible encontrar respuestas. Ese será el enorme desafío popular, el de transformar el triunfo electoral en victoria política, mediante el esbozo de las bases para un proyecto nacional.
Lejos de cualquier fantasía triunfalista, la derrota del proyecto oligárquico aún no se ha consumado. Al contrario, pese a que el duro golpe propinado anuncia ese destino, el largo trecho a de acá diciembre, con el fundamental hito de octubre, es el escenario fértil de la reacción revanchista, cuya primera manifestación fue la devaluación del lunes negro posterior a las elecciones, y la persistencia voraz de la fuga de capitales, con sus efectos de destrucción del trabajo y la producción. ¿Cuánto más daño seguirán haciendo de acá al final de esta odisea oligárquica? Está claro que sus límites no serán voluntariamente autoimpuestos, sino elaboración de la marcha que el propio movimiento nacional deberá, de alguna manera, acelerar.
La recomposición del movimiento nacional mediante el recurso electoral se enlaza con la necesidad de la continuidad de esas movilizaciones de protesta y resistencia, la más amplia participación posible, y la profundización del debate en el seno del pueblo acerca de la necesidad de construir un proyecto estratégico, poniendo el eje en las evidentes y palpables consecuencias del regreso a la dependencia. Ésta será la base para fortalecer el andar el movimiento nacional, cuya primera gran tarea será el triunfo en octubre y ponerle límites al saqueo final hasta diciembre. Después de todo, se hace camino al andar, según la verdad del poeta español, bien conocida y seguida por nuestro pueblo en su larga lucha.
22 de agosto de 2019.

jueves, 13 de junio de 2019

LA HORA DEL PUEBLO || Resumen Nacional


La hora del pueblo || Resumen nacional
Se aproxima el fin del ciclo entreguista y devastador de la alianza PRO UCR, aunque todavía reste un trecho que pueda percibirse como infinito. El pueblo vota y elige, y en su elección, define su propio futuro. Los distintos componentes del movimiento nacional han arribado a un acuerdo político trascendente para las próximas elecciones presidenciales y a los demás cargos, a través de su unificación en el Frente con todos. Se trata del trabajo político más interesante que se ha dado en el país, en los últimos años; tal vez desde 2010, cuando Néstor Kirchner intentaba coaligar las distintas fuerzas en  nombre de un frente policlasista, como dijo en el acto de Luna Park de agosto de ese año, delante de los jóvenes de La Campora y de la Juventud Sindical. Luego, por la concurrencia de diferentes causas, el camino no prosperó. Ahora, la unidad no es total, pero sí es la suma de una mayoría de sectores sociales y políticos, representativos de los genuinos intereses del país, lo que crea las condiciones para una nítida expresión popular en las urnas que determine el rumbo a seguir.
El inicio de la recomposición tuvo una base fundamental: la resistencia sindical y de las organizaciones sociales, de la manera en que se pudo de acuerdo a los condicionamientos reales. Desde el mismo momento de la asunción presidencial, en diciembre de 2015, los bancarios se lanzaron a las calles y luego se sucedieron las masivas movilizaciones de los docentes para reclamar las mejoras salariales y la paritaria nacional, arbitrariamente suspendida; a lo que se le sumó rápidamente el activismo militante de los estatales, y esto solo para nombrar algunos sin desmerecer el resto. La protesta no cesó desde el primer día hasta hoy, lo cual incluye un vasto y heterogéneo abanico, desde el ascendente reclamo de los metalúrgicos contra la política antiindustrialista, hasta seis paros generales de la CGT y la CTA.
En 2017, la resistencia social y sindical no encontró una correspondencia efectiva en el campo de las relaciones políticas, aún aturdidas por la derrota electoral, el pase de facturas y la rapidez del cambio regresivo y depredador operado a nivel país. La profundización de la crisis social, el nivel de la debacle institucional y la posibilidad de hundir al país aún más de continuar por esta vía, enseña sobre la necesidad de hacer lo posible para despejar el riesgo de repetir esa experiencia divisoria. Cristina Fernández es la principal artífice de esta recomposición nacional, con pasos significativos con su reunión con sindicalistas, el acercamiento con Moyano, el Partido Justicialista, el Frente Renovador y sin perder de vista la necesidad de un programa de país orientado hacia el interés nacional y popular, lo cual se expresa en su libro “Sinceramente”. Mientras, el oficialismo intenta jugar, recostado en su núcleo duro de apoyo, y poniendo de relieve al factor Pichetto -con resultado no garantizado por cierto-, en la operación de persecución política judicial contra Cristina Fernández, que se agudiza, y el intento por detener la atracción de gobernadores peronistas a favor de Alberto Fernández.
Pero lo verdaderamente importante es que el pueblo, cada vez que puede y lo dejan, se expresa en las urnas con decisión. Así lo reclamó durante los largos 17 años a partir del infausto septiembre de 1955, lo concretó en 1973 apoyando a Campora primero y a Perón-Perón después; lo hizo en octubre de 1983 para impulsar la democracia mediante su concurrencia masiva y entusiasta, y se hizo escuchar fuerte con el 54% de 2011 para apoyar la reelección de Cristina Fernández. Cada caso, con sus matices y limitaciones, constituyó una auténtica expresión de autodeterminación popular, donde el pueblo precisó el rumbo de su destino contra la voluntad de los sectores dominantes.
Más allá de cualquier vuelta política alrededor de la distribución de los lugares en las listas electorales, no exenta de mezquindades y personalismos, la unidad encuentra sólidas bases. ¿Cuál es este fundamento político de fondo para formar un frente de todos? La conciencia acerca de la necesidad de una confluencia lo más amplia posible de las fuerzas sociales de raíz nacional, con interés en el mercado interno y el crecimiento autónomo del país, como lo es la clase trabajadora, para aislar a los sectores oligárquicos y propinarles, así, la derrota política apta para dar riendas a un proyecto de nación productivo, soberano y socialmente justo. Los acuerdos entre dirigentes políticos no siempre tienen un necesario correlato en el comportamiento electoral de las bases sociales, pero el sentido de las próximas elecciones no tendrían que ofrecer dudas para las mayorías populares: se juega su destino de más elemental comunidad.
Claro que la libre manifestación de voluntad popular no estará a resguardo de interferencias nocivas, como en 2015 cuando operaron los sicarios mediáticos y judiciales, y que esa ponzoña, seguramente, hará efectos sobre el sector de la población históricamente colonizado por una idea del desprecio al país y al bajo pueblo –en especial, la franja etaria de los más grandes-. Una forma de autodesprecio aún anida entre nosotros, como enseñaba con profundidad sociológica Arturo Jauretche. Pero la confianza está puesta en que ello no podrá confundir a las mayorías orientadas en el sentido fuerte de la supervivencia nacional, como indica las persistencias de un general rechazo al FMI y una opinión favorable al rol activo del Estado, relevadas en significativas encuestas[i]. La comprensión que no es una cuestión de partidos sino una cuestión nacional, es la plataforma de lanzamiento ideológica para retomar la senda nacional y democrática, y fuente de la esperanza actual.
13/06/2019.

domingo, 2 de junio de 2019

ENTRE DOS MUNDOS // CARLOS MARTÍNEZ SARASOLA




Alrededor de la relación entre el estado y los pueblos indígenas, roe el viejo y rancio nacionalismo aristocrático con su prejuicios propio de quienes creen que es posible amar a la nación y odiar al pueblo al mismo tiempo. Por eso los acusan, sin fundamento, de querer dividir la nación o atentar contra la seguridad nacional,  de ser responsables del atraso del país. De ahí al barranco a la derecha, un pasito. La hilacha del odio de clase les asoma detrás de un palabrerio falsamente patriótico, y cultor de la oligárquica dualidad entre civilización o barbarie. La creencia que un auténtico proyecto de Nación se hace desde y para el pueblo, incluye, por supuesto, a los pueblos indígenas. Una reivindicación necesaria para quienes, a su manera y con sus dificultades políticas y sociales, están entre los más pobres de los pobres, con su riqueza y diversidad cultural, y han dado muestra reiterada a lo largo del continente, salvo alguna excepción aislada, de bregar por la unidad.

Un escritor mejicano, Carlos Montemayor, decía que aún no sabemos cuánto de la cultura indígena ha estado ganando terreno, en vez de perderlo, en las sociedades. Carlos Martínez Sarasola siempre tuvo una voz clara que nos ayudaba a comprender la situación, en el medio de una difícil pero necesaria interculturalidad. La dimensión intercultural de un proyecto nacional, soberano, socialmente justo y democrático. Nos dejó hace poco, pero nos quedan sus libros, artículos y entrevistas.
En el sitio web El Orejiverde, se publica una entrevista a Martínez Sarasola, cuya lectura recomiendo, en el siguiente link: http://www.elorejiverde.com/

Verónica Huilipan, werken de la Confederación Mapuche de Neuquén, señaló en una entrevista lo profundamente perverso de que quienes obligaron a esas comunidades a “desruralizarse”, a urbanizarse, hoy les nieguen su condición indígena porque ya no son rurales.
Claro. Es otra cosa de ignorancia, cuando no de mala intención, porque insisto: en la actualidad el indígena vive no solamente en las comunidades rurales sino también en las ciudades. Es un hecho que se está dando en todo el continente, donde el 50 por ciento de la población indígena vive en los centros urbanos, ¿y acaso ha dejado de ser indígena por eso? Por supuesto que no. Antes se pensaba que sí, que en las ciudades perdía sus costumbres, su identidad. Hoy se sabe y se ve que no, hay infinidad de procesos por los cuales el indígena reafirma su identidad en la ciudad, aunque a algunos pueda que les parezca paradójico. Desde la constitución de barrios urbanos como los que existen en Rosario, que es un caso emblemático, en Buenos Aires también tenemos barrios indígenas, en las afueras de La Plata, en la comunidad de Derqui, con barrios enteros liderados por un cacique… son barrios indígenas dentro de las ciudades, eso es una realidad que está pasando. Son procesos muy novedosos y que mucha gente no los conoce.