sábado, 15 de septiembre de 2018

Congreso de Educación Superior ¨Nuestra América¨.


Congreso de Educación Superior ¨Nuestra América¨. A partir de 2:30 aproximadamente, inicia el último panel, donde estuvieron Stella Calloni, Alcira Argumedo y Mario Oporto, de los principales exponentes de un pensamiento para la nación latinoamericana. Sus exposiciones tienen más valor por realizarse en una sede universitaria, contexto académico habitualmente hostil al pensamiento libre y creativo en procura de la defensa del interés popular y nacional. Y en tiempo de retroceso y reacción, el valor es aún mayor. Además, el último encuentro contó con la coordinación de la Profesora Mara Espasande, artífice de las jornadas, del Centro Manuel Ugarte de la UNLa, del Centro Cultural E. S. Discépolo, y exponente de las jóvenes generaciones, que, con ese mestizaje entre la reflexión y el compromiso militante, están lanzadas al pensamiento para la liberación nacional.

Aquí, Congreso Educación Superior en Nuestra América.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

CRISIS Y DEPENDENCIA EN LOS PAÍSES LATINOAMERICANOS | Cuestiones de la Patria Grande


Se les denomina gobiernos neoliberales, pero mejor sería calificarlos de regímenes oligárquicos. Lo primero, por el quiebre del orden anterior y su sustitución por uno completamente diferente, al servicio del interés opuesto. Si el anterior orden se orientaba en dirección de la autonomía nacional y del bloque regional, el actual renuncia a la soberanía y se entrega a la dependencia del poder financiero occidental y los Estados Unidos. Se trata de la imposición de un nuevo sistema político, económico, social y cultural. El adjetivo calificativo de oligárquico lo amerita por el contenido de clase del dominio: a la tradicional clase terrateniente y burguesías exportadoras e importadoras, se le suman los grandes bancos extranjeros, las mineras, la petroleras foráneas, los multimedios concentrados, los monopolios de la alimentación y el comercio.
Estos regímenes oligárquicos tienen una inspiración económica neoliberal, que hace recordar al Consenso de Washington de los años 1990: librecambio y de flujo de capital, deuda externa y fuga de capitales, ajuste fiscal, flexibilización laboral, privatización de áreas estratégicas, etc.. Pero el régimen económico que buscan imponer no es igual. Aquél se nutría de un incesante flujo de capitales que venía desde un centro imperialista que extendía su dominio, con el FMI y la OTAN de alfiles, por la mayor extensión del planeta posible. Tras la caída de la Unión Soviética y el bloque del Este, se expandía la globalización financiera, con base en la apropiación de bienes y servicios locales. La cooptación y declinación de los viejos movimientos nacionales fue la característica de la época; el menemismo y el PJ en Argentina, Salinas de Gortari y el PRI en México, Sanchez de Lozada y el MNR en Bolivia, y hasta el caso de la figura ex populista de Henrique Cardoso. Abandonado el camino de la revolución nacional, se dedicaron a transitar la declinación por vía de gestionar los intereses del imperialismo norteamericano. Pero ahora, ese poder financiero occidental es el que ha entrado en declinación a nivel mundial, al igual que el poder militar de los Estados Unidos y sus socios menores. Y además han surgido potencias nacionales como Rusia, India, Pakistán, Indonesia, entre otras, y el desafío de China, dando formas a un nuevo orden geopolítico de perfil multipolar, superador del inicial unilateralismo yanki. Se le torna, así, imprescindible el aseguramiento imperial de la región centro y sudamericana, desde donde fortalecerse para batallar en la lejana zona núcleo del mundo.
La caída permanente como forma de dependencia.
Este desacople actual entre ese neoliberalismo económico y el presente álgido del imperialismo financiero y político de los Estados Unidos, provoca tensiones amenazantes en la cuerda sobre la cual se anuda la dominación. La postergación del Tratado de TransPacífico debilitó los planes de sometimiento en los términos programados, pese a que insisten en su remedo, el Acuerdo Mercosur Unión Europea y los bilaterales de comercio. Así es como los economistas de diferentes partes del continente diagnostican la inconguencia e inestabilidad de las políticas económicas neoliberales, cuyo efecto es la crisis constante. A esto se le suma la conflictividad social en aumento que provoca la exclusión, la miseria, la falta de trabajo, la destrucción de las industrias, las desigualdades, para lo cual la respuesta es la vía represiva.
En Brasil, la prisión política y proscripción judicial de Lula se combina con un aumento notable de la pobreza, estancamiento industrial y el riesgo de una nueva recesión; mientras en nuestra Argentina el PBI cae y, recesión mediante, ha iniciado el camino de la cesación de pagos y la dolarización, y….existen presos politicos.
También hay que contar la situación política de Colombia, donde el proceso de paz está en jaque con una persistente masacre de dirigentes sociales: de Perú, con un ex presidente obligado a renunciar; de Ecuador, donde se persigue a Rafael Correa; a la vez que Venezuela y Bolivia son amenazados por conspiraciones, acciones terroristas, bloqueos económicos y amenaza de una directa intervención militar. Las democracias se derrumban pero no por golpes de estado que originan ciclos de dictaduras cívico militares, como otrora, sino por políticas que inducen a los países a una sostenida crisis política y económica, de la que no se puede esperar sino su profundización.
Pero toda esta inestabilidad generalizada no significa necesariamente que los regímenes oligárquicos caigan; sino, el abandono de los proyectos nacionales, la demolición de las instituciones de participación política y el hundimiento de nuestros países. No hay estabilidad, pero los estados se deterioran, los pueblos se debilitan y toda forma de organización con miras hacia dentro -desde las industrias locales y los mercados internos hasta los sindicatos y comunidades- se destruye.
Entonces, el objetivo de imponer un nuevo modelo de dependencia se realiza mediante el debilitamiento de los estados y la instalación de lo que Jorge Beinstein denomina “economías de baja intensidad”; cuya deriva es, en definitiva, la depredación de los espacios nacionales y el quiebre de cualquier atisbo de resistencia popular. Sería la crisis permanente como forma de la proyección imperialista sobre la región latinoamericana. Pero, ¿cuánto tiempo se puede tardar en producirse el colapso de estos regímenes? ¿Cuánto en producirse una confrontación social de consecuencias no previsibles? ¿Podrán las resistencias sociales y populares construir una alternativa política viable que nos evite seguir por el desfiladero? La vocación por el optimismo nos hace confiar en la capacidad de aprendizaje de nuestros pueblos para hacer el cálculo.

domingo, 26 de agosto de 2018

LIBERACIÓN O DEPENDENCIA, ESA ES LA CUESTIÓN

Colectivo Político Ricardo Carpani


Los movimientos políticos que en el continente han cuestionado, con mayor o menos intensidad, el orden de privilegio impuesto, han sido objeto de un ataque sistemático. La historia oficial y la comunicación concentrada los tilda de autoritarios, demagogos, insolentes, vagos, bárbaros o corruptos. Esto ha servido para justificar persecuciones políticas, proscripciones y, especialmente, para desorientar a los diferentes sectores sociales acerca del rumbo político a decidir. Pero, bien visto, lo más denigrante es la idea que subyace de incapacidad de los pueblos para resolver sus propios problemas para justificar la tutela extranjera y la de los poderosos. Sus lemas han sido elocuentes: achicar el Estado para agrandar la nación (y de paso reducir el bendito déficit fiscal) y reemplazar la producción nacional por la importada. En los años 1990 las usinas académicas del imperialismo proclamaban el fin de la historia, como negación de la disponibilidad para la lucha de los pueblos latinoamericanos y por el fin de los movimientos políticos de liberación nacional.
Estos movimientos políticos, al contrario de lo sostenido el discurso hegemónico, modernizaron y mejoraron las condiciones de vida, promovieron un rol socio económico activo del Estado, reconocieron derechos, ampliaron el protagonismo político de las masas populares y la democracia, avanzaron en la justicia e igualdad social y en la unificación regional como única manera de lograr la autonomía de las relaciones internacionales. El fundamento político de su existencia no es el arbitrio intelectual ni un capítulo de algún manual, sino que surge de nuestra propia condición de país dependiente y oprimido por las potencias mundiales. La necesidad de superar la dependencia torna vigente la tarea histórica de realizar la cuestión nacional y, por lo tanto, la actualidad política de los movimientos nacionales en el alarmante presente político regional
El trazo largo de la historia continental nos muestra, desde la emancipación respecto del absolutismo ibérico, una trayectoria de avances y retrocesos, de progresos y reacciones, de idas y vueltas, que pone en evidencia la disputa central a partir de la cual se define el destino de los pueblos, la divisoria de aguas en dos campos bien diferenciados: el de la defensa del interés popular, nacional y latinoamericano, de un lado, y el de la protección de los privilegios oligárquicos en un orden social dependiente de los poderes financieros internacionales, del otro.
La dependencia económica y las sociedades socialmente injustas se consolidaron desde la organización definitiva del Estado en la región, después de la mitad del siglo XIX, con la imposición de modelos oligárquicos, elitistas en lo político y de economía de monocultivo yprimarizada, en un lugar de subordinación en la división internacional del trabajo. La temprana deuda externa yla extranjerización de las bancas se complementó con un rol de mero proveedor de materias primas al servicio de la burguesía industrial y comercial británica. En Argentina, el modelo agroexportador, de atraso industrial y de monopolio terrateniente de la renta agraria extraordinaria, impuesto a sangre y fuego por elmitrismo, al arrasar las últimas resistencias de los caudillos federales, fue la forma concreta de la dependencia económica. Ingresando al siglo XX, el Estado se autoproclamaba ausente en la economía, pero se mostraba muy presente y activo a la hora de reprimir las protestas gremiales y sociales. Al genocidio de los “coroneles de Mitre”, le siguieron las matanzas de los pueblos indígenas y de los obreros de los Talleres Vasena, la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde, entre otras.Quedó así planteada la cuestión nacional, con países débiles y separados entre sí, con clases sociales desestructuradas bajo el dominio de las oligarquías portuarias y amplios sectores de la población en la pobreza y excluidos. La dependencia sería, desde entonces, la causa principal de las crisis, del atraso y del subdesarrollo, cualquiera sea el nombre que reciba. Si el motor de la historia es la lucha de clases, como explicaba Marx, para los países dependientes la historia tiene dos motores: la lucha social y la lucha nacional por la liberación.
El siglo XX sería el de la aparición de los movimientos nacional populares como creación política concreta de nuestros pueblos. Hoy son nombrados bajo la etiqueta de populismo, pero en rigor tienen nombres propios a lo largo del continente. El Yrigoyenismo (1916-24 y 1928-30) y el Peronismo (1943/1945-55), en nuestro país; el Cardenismo en México (1936-1942); el Varguismo en Brasil (1930-45, 51-54); el Movimiento Nacionalista Revolucionario, en Bolivia (1952-56), entre los más destacados. El ciclo de estos movimientos nacionales dejó como legado la enseñanza política que los reclamos sociales, gremiales, los derechos de los trabajadores y hasta los políticos y civiles, se enlazan con el avance en la cuestión nacional; no hay democracia sin soberanía nacional y no hay igualdad social sin el pleno ejercicio al derecho a la autodeterminación nacional, el cual a su vez se vincula directamente con el grado de avance en la unidad regional. Sus gobiernos fueron experiencias industrialistas, proteccionistas y nacionalistas que, si bien desarrollaban las relaciones capitalistas de producción atoradas por los órdenes oligárquicos, alcanzaba niveles de autonomía nacional frente a las potencias imperialistas; sin proclamarse socialistas desplegaban una especie de capitalismo de estado muy diferente al de los países centrales. Las fuerzas sociales de raíz nacional –son aquellas cuyo destino está ligado a la suerte del desarrollo nacional- se aglutinaron alrededor de un proyecto político, generalmente representado en una figura personal. Allí concurrían, con matices según el país, los sindicatos, el ejército, organizaciones políticas, eclesiales; sectores campesinos, mineros, obreros, sectores medios urbanos y rurales, sectores de la débil pero existente pequeña y mediana burguesía industrial, entre otros, dejando aislados políticamente a los sectores oligárquicos de origen terrateniente, comercial y financiero. Este ciclo se interrumpió con una sucesión de golpes militares y dictaduras que impusieron unapolíticaausentista, privatizadora de los recursos naturales y extranjerizantes de la producción. A excepción de Cuba, en donde en 1959 amaneció una revolución nacional democrática con una veloz y audaz deriva socialista. El ciclo de dictaduras militares de los años 1960 y 1970, quebró violentamente proyectos y resistencias, y selló la dependencia del poder financiero mundial.
Estos movimientos políticos son el modo concreto en que los proyectos soberanos avanzaron en Latinoamérica, pese a sus limitaciones por la inestabilidad de esas alianzas sociales y la variedad de las ideologías a través de las cuales expresan sus políticas, todo lo cual suele operar como causa de sus recurrentes declinaciones finales. Algunos fueron socialcristianos, nacionalistas, agraristas, liberal democráticos y hasta hubo explícitamente socialistas, como el caso de la revolución cubana, Salvador Allende en Chile, Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia; pero todos han transitado caminos similares, con una común confianza en la capacidad creadora del pueblo, en su confrontación incesante contra las oligarquías, con vocación por una unidad de destino continental.
Brasil de Fato
Los ciclos kirchneristas y del PT en Argentina y Brasil, encontraron límites que no pudieron superar, pese a la indudable progresividad y la defensa del interés nacional sudamericano de sus políticas.Los movimientos nacionales encontraron, de una manera o de otra, rasgos de agotamiento, principalmente a partir de las dificultades para modificar la estructura social y económica, en desarrollar la integración regional en áreas estratégicas de la economía, así como en el debilitamiento de las alianzas socialespoliclasistas que les servían de sustento.
Ahora, los pueblos de Latinoamérica, en general, estamos padeciendo una recolonización regional en forma acelerada. En nuestro país, el gobierno de la alianza Pro UCR nos regresa a empujones al país agroexportador y de especulación financiera, bajo el ala del imperialismo norteamericano. Pero la popularidad de Lula y CFK, en sus países, expresa la voluntad de resistencia y la necesidad de los pueblos en retomar la senda perdida. Las creaciones populares en el arte, la cultura en general, dan testimonio de ello, al realzar la autoestima popular y comunitaria, y son bastiones para sostener la confianza necesaria para impulsar las alianzas políticas de liberación. En nuestros país, como decía Arturo Jauretche, “ni el proletariado, ni la clase media, ni la burguesía por sí solos pueden cumplir los objetivos de la liberación nacional” (Los Profetas del Odio, 1957). El camino es tan difícil como lo es el ensayo de un proyecto nacional popular con un control público de la economía nacional, frente a los poderes financieros internacionales que no están dispuestos a tolerar ni la más tibia de las regulaciones.


miércoles, 4 de julio de 2018

MÉXICO, LA CAUSA CONTRA EL RÉGIMEN // Cuestiones de la Patria Grande

 La victoria electoral reciente de Andrés Manuel López Obrador –AMLO, por sus iniciales, o directamente Andrés Manuel - ha conmovido el escenario político latinoamericano atravesado por la acción de fuerzas regresivas. La trascendencia de este hecho está en que expresa la voluntad colectiva de autodeterminación del pueblo, para interrumpir el proceso largo pero sin pausa, de degradación y destrucción de la nación mexicana, en el medio de una creciente recolonización continental, la cual, justamente, consiste en debilitar los estados nacionales. Mientras las mayorías populares de los países hermanos resisten como pueden la avanzada de los regímenes oligárquicos, en México toman la decisión de auto determinarse frente a la debacle de su clase política para asumir una posición de defensa de la democracia y del interés nacional.   
El México moderno se asentó sobre las bases echadas durante el proceso político iniciado en la Revolución social de 1910, la cual no solo fue la superación del régimen autocrático y elitista del Porfiriato, sino también el primer hecho trascendente del nacionalismo popular  latinoamericano. La Constitución Nacional de 1917 legalizó los impulsos emancipadores, con la nacionalización de las áreas estratégicas de la economía, en su artículo 27, y la consagración los derechos de los trabajadores, en su artículo 123. El sexenio presidencial de Lázaro Cardenas (1934-1940), concretaría este programa con la nacionalización del petróleo, los ferrocarriles, las reformas laborales y la entrega de cientos de miles de hectáreas a las comunidades campesinas e indígenas, y con una política exterior soberana frente las presiones imperialistas, que alentara la recepción de militantes republicanos españoles y hasta del revolucionario León Trotsky. Conocida es la reivindicación que este último hizo de la política cardenista en su defensa de la soberanía y el cuestionamiento al imperialismo, que contribuyera a caracterizar al rol progresivo de los movimientos nacionales en Latinoamérica.  
Desde entonces, México desarrolló su vida política, económica e institucional sobre esos firmes cimientos nacionalistas, aunque el fin del siglo XX precipitó una derivación conservadora. De una concepción patriótica a la entrega del patrimonio público, del ejemplo revolucionario a las violaciones sistemáticas y masivas de violaciones de derechos humanos. 
Sobre esto último, el conocido caso Campo Algodonero mostró un panorama desolador con una violencia masiva y estructural contra las mujeres trabajadoras. Fue significativo que Andrés Manuel haya elegido esa ciudad como punto de partida para su campaña electoral, en el monumento a Benito Juárez –prócer mejicano y primer presidente indígena de Latinoamérica-. La fronteriza Ciudad Juárez, estado de Chihuahua, es el paradigma de la dominación neoliberal e imperial: la disputa de bandas narcos, la propagación de la violencia y los femicidios -desde ahí se impuso este término para el resto del continente- junto con la instalación de las conocidas maquiladoras como forma avanzada de explotación laboral. Mujeres desaparecidas, madres luchadoras, braceros desesperados, trabajadores explotados, forman parte de la bases social del incipiente frente nacional que dio su apoyo al candidato victorioso. Pero también éste se recuesta en un empresariado local, que no solo no parece darle reciprocidad sino que al menos su alta cúpula, en dirección contraria, se ha posicionado expresamente a favor de mantener  el TLCAN[i].
El modelo neoliberal y de dependencia de México se fue implementando, primero, a partir de los años 1980, y con mayor fuerza durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. El Partido Revolucionario Institucional (el PRI), surgido al calor del nacionalismo popular de la primera parte del siglo XX, se reconvertía definitivamente en un instrumento del régimen oligárquico, en un giro similar a lo ocurrido con otros movimientos nacionales del continente. La reforma constitucional del mencionado artículo 27, en 1992, y el ingreso al libre comercio del TLCAN, en 1994, sentaron las bases legales de la subordinación nacional a los poderes concentrados y extranjeros. Las últimas reformas legislativas durante la gestión de Peña Nieto son un intento de remachar este camino, ahora en el campo de la energía, la educación y las relaciones del trabajo[ii]. La única desgracia de México han sido sus extraordinarias riquezas, decía Manuel Ugarte.
La causa contra el régimen.
La primera alternancia política al PRI, después de 71 años, fue aprovechada por la derecha aristocrática del Partido Acción Nacional con Vicente Fox Quesada, en una secuencia de continuismo y frustración. Ahora, tras un intento fallido de reconducir el sistema con los sexenios de Felipe Calderón Hinojos (del PAN) y Enrique Peña Nieto (del PRI), la crisis política del sistema deriva finalmente hacia la figura que levanta consignas cuestionadoras del sistema. En noviembre de 2006, Andrés Manuel López Obrador, por entonces dirigente del Partido de la Revolución Democrática, convocó a una Convención Nacional Democrática, en un acto ante cientos de miles en el Zócalo del Distrito Federal, para aprobar “la abolición de este régimen de corrupción y privilegios y ha sentado las bases para la creación de una nueva república, proclamarse “Presidente Legítimo” ante el fraude electoral y resistir pacíficamente el gobierno entrante de Calderón Hinojosa. Dio inicio, entonces, al camino de la lucha democrática bajo el esquema simple pero contundente, de la causa justa contra el régimen corrupto.
Ahora, en el discurso del Hotel Hilton del DF de la noche de su victoria electoral, el caudillo promete una agenda nacional democrática de reconstrucción del país: fortalecer el mercado interno, producir lo que se consume, que el mejicano sea feliz en su lugar de origen con su familia y sin necesidad de migrar, combatir la corrupción intrínseca al régimen en declinación, que no habrá gasolinazos, que habrá respeto a la diversidad sexual y cultural, que habrá preferencia para los más pobres y olvidados, en especial para los pueblos indígenas. Por el bien de todos, primero los pobres, dijo. Cambiar el uso de la fuerza por la atención a las causas sociales de la inseguridad y la violencia porque la paz es fruto de la justicia social. Andrés Manuel también prometió abrir el diálogo con los organismos de derechos humanos y respeto a los organismos internacionales, y dijo que “seremos amigos de todos los pueblos, que se volverán aplicar los principios de no intervención y de autodeterminación de los pueblos[iii]. Prometió una relación de respeto mutuo con EUA, lo que se corroboró inmediatamente con el llamado rápido de  parte de Donald Trump, lo que contrasta fuertemente con el diálogo humillante que éste mantuvo con Peña Nieto, el actual presidente mejicano. Anunció ser la cuarta transformación mejicana en la historia, a contar desde 1810, pasando por el ciclo de la reforma de Benito Juárez, y el de la revolución de 1910. 
No sabemos cómo será su gestión de gobierno, ni si podrá realizar sus propósitos de acuerdo a las relaciones de fuerza, en un país tironeado por la desigualdad en el reparto de la riqueza y del poder, por las grandes corporaciones y la tremenda presión recibida desde el gran imperio del Norte. Pero como ocurre en Latinoamérica, el avance de las reformas sociales conducirá al proceso político hacia la confrontación con el capital extranjero y la necesidad de plantearse posiciones antiimperialistas.
La opción por una figura como la de Andrés Manuel, a diferencia de la elite blanca, güera,  adinerada y de la aristocracia universitaria proyanki, habitualmente proveedora de los cuadros gobernantes, tiene la consistencia de los presidentes que se parecen a sus pueblos. No hay, por supuesto, certeza alguna sobre el devenir de los acontecimientos ni de las decisiones que adopte o le dejen adoptar los factores de poder concentrados, pero las cartas han sido barajadas nuevamente en el país de los mexicanos. Se abre un nuevo capítulo en la historia de México, de resonancias nacional latinoamericanas, con la esperanza que se extienda al resto del continente. 
 4 de julio de 2018.


 



[i]Ver en sitio: https://expansion.mx/empresas/2017/08/15/los-8-empresarios-mexicanos-en-defensa-del-tlcan.
[ii]Así opina Bernardo Batiz. Ver en sitio: http://www.jornada.com.mx/2018/06/02/opinion/028a1cap.
[iii]Los lineamientos de su política exterior recuperan la tradición igualitaria y de autodeterminación mexicana, ratificados en el II Congreso Nacional Extraordinario del MORENA. Ver en sitio: http://lopezobrador.org.mx/2016/11/20/lineamientos-basicos-del-proyecto-alternativo-de-nacion-201-2024-anuncia-amlo/

sábado, 23 de junio de 2018

LA REFORMA UNIVERSITARIA DE 1918: SU ANTIIMPERIALISMO Y LA IMPORTANCIA DE MANUEL UGARTE


Los cien años de la reforma universitaria de 1918 ponen de relieve cuestiones y problemas que, pese al tiempo transcurrido, aún mantienen una importante vigencia. El rol político del movimiento estudiantil, la función social de nuestras universidades públicas y la falta de vinculación del quehacer académico con los problemas nacionales y populares, son tal vez de los principales.
La reforma de 1918 fue expresión del avance social de los sectores medios promovido por el Yrigoyenismo con su ascenso al poder político en 1916, tras una larga lucha de intransigencia y abstencionismo contra el régimen conservador de la dependencia, y cuya juventud ahora pretendía la transformación del sistema universitario en donde predominaba el poder aristocrático.
El movimiento estudiantil asumió no solo una tarea de apertura democrática de la universidad como espacio de poder, sino también un cuestionamiento programático e ideológico de alcance nacional y latinoamericano. La conjunción de ambos aspectos le dio un perfil cuyo filo, en la memoria histórica, aún permanece punzante, pese a no haber alcanzado sus objetivos en el momento.
Por esto mismo, la reforma de 1918 ha sido –lo sigue siendo- objeto de interpretaciones por el pensamiento dominante que le fue quitando la densidad de sus planteos: no fue ni un problema de calidad académica, ni una disputa de cargos, ni una aventura estudiantil limitada al clima de época. Su contenido asumió desde el inicio un carácter antioligárquico, antiimperialista y de unificación latinoamericana. Fue antioligárquica por el ascenso de los sectores medios que habían sido mayormente excluidos de la participación política, al impulso del Yrigoyenismo, así como progresiva y democrática, bajo el influjo generado a raíz de la revolución rusa de 1917. Su antiimperialismo se dio en pleno giro intervencionista yanki con el Corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe, tras el quiebre geopolítico de la Gran Guerra de 1914 en plena batalla interimperialista por un orden mundial que, por entonces, todavía no terminaba de definirse. El neutralismo sostenido en lo intelectual por Manuel Ugarte y Saúl Taborda (quien describía a la neutralidad como la auténtica beligerancia americana), encontraba expresión en la política exterior de Yrigoyen, como pulsión nacional de supervivencia en un mundo en crisis, cuando se ensayaba la fallida Sociedad de las Naciones, antecedente la actual Organizaciones de las Naciones Unidas.
La burocracia académica la aprovecharía para solamente reacomodarse en el más pequeño y mezquino ámbito universitario, mientras sus planteos centrales y profundos serían abandonados. Las consignas de autogobierno y autonomía, de la apertura de cátedras, de la gratuidad de la enseñanza y modernización en general de los planes de estudio, se enlazaban con la necesidad de realizar la liberación social y nacional y la unidad de la Patria Grande. En consonancia con la actuación que los movimientos nacionales de Latinoamérica tendrían durante el siglo XX, las tareas de democracia, reivindicación social y liberación nacional se presentan de manera conjunta como parte del mismo proceso político. Sin embargo, la visión oficial de la reforma se quedaría solamente con la parte de apertura democrática, en supresión de la totalidad del proceso que exigía la liberación nacional y de la patria grande.

La reforma de 1918.
La reforma fue una insurrección progresiva con epicentro en la Federación Universitaria de Córdoba tomando la Casa de Trejo de la ciudad capital cordobesa (la Docta, fundada en 1613 por la Orden de los Jesuitas, es una de las más antiguas de América), pero se expandió por otras ciudades en las que tuvo diferentes contenidos. En Córdoba y Santa Fe fue anticlerical, pero en Buenos Aires, Tucumán y La Plata asumió un perfil antiliberal y antipositivista. Tanto en unos como en los otros fueron las respuestas a las formas eurocéntricas de la subordinación cultural argentina. En Córdoba sobresalió Deodoro Roca entre los dirigentes estudiantiles de la Federación Universitaria local, y en la capital bonaerense coincidieron en la causa reformista figuras diversas pero antipositivistas como Saúl Taborda, Alejandro Korn, Héctor Roca (hermano de Deodoro), Carlos Astrada y Carlos Cossio. Como bien explica el historiador Roberto Ferrero, la reforma en su conjunto “fue nacional porque expresaba la inserción de las clases medias en la sociedad argentina y porque repudiaba a las dos vertientes más enajenantes de la cultura oficial: el tradicionalismo reaccionario y el liberalismo oligárquico”.
El 11 de abril se creó la Federación Universitaria Argentina que, desde entonces, reúne a las universidades nacionales de todo el país. La insurrección estudiantil dio como resultado la intervención del rectorado (en la figura de José Nicolas Matienzo), una huelga general declarada el 15 de junio de 1918, el conocido Manifiesto Liminar dirigido "a los hombres libres de Sudamérica" y un estado de movilización y debate permanente. El Código Civil de 1872, redactado por Dalmacio Velez Sarfield, arrojaba a las mujeres a la condición de minoridad y las colocaba en una situación de desigualdad jurídica, guardián normativo del orden patriarcal que, de todas maneras, ya había empezado a ser cuestionado por la creciente lucha feminista. Así, en tiempos de la reforma de 1918, las mujeres tenían virtualmente vedado su ingreso universitario, aunque se reconoce la participación como dirigente estudiantil de Odontología, de Prosperina Paraván.
El reformismo se expandió a nivel continental con casos sobresalientes como los de Perú (con Haya de la Torre y José Mariátegui), México (con el liderazgo ideológico de José Vasconcelos), Cuba (en donde destacó Julio Antonio Mella y luego surgiría en su seno la figura del juvenil Fidel Castro), entre otros. Arturo Jauretche explicaba la cuestión: el yrigoyenismo fue la apertura del país hacia una forma de pensar nacional y el ascenso popular con su intento de conquista de los instrumentos de cultura, uno de cuyos episodios es la reforma universitaria. No obstante, la contrarrevolución llegaría con el mandato presidencial de Marcelo T. de Alvear y la dirección política del movimiento estudiantil perdería su costado nacional y latinoamericanista, llegando a prestar su apoyo al golpismo contra Yrigoyen en 1930 y contra el peronismo en 1955. Por más cierta que sea la crítica a la enseñanza durante el peronismo, como la que le hacen Oscar Varsavsky y el propio Arturo Jauretche, no es posible omitir que el ciclo peronista realizó los objetivos pregonados por la reforma universitaria, como la gratuidad de la enseñanza y la supresión de los aranceles, el régimen de autonomía y el gran aumento de la matrícula de alumnos como apertura democrática, la creación de la Universidad Obrera Nacional (luego con la denominación de Universidad Tecnológica Nacional) y la constitucionalización del sistema universitario con la reforma de 1949.
En cuanto a la reacción operada tras la reforma de 1918, resulta ilustrativo y aleccionador lo que contaba Homero Manzi (por entonces, un joven político yrigoyenista que estudiaba en la antigua Facultad de Derecho de Bs. As. en la calle Las Heras): “fuimos con un grupo de estudiantes universitarios a ver a Yrigoyen a su casa de la calle Brasil, para describir nuestra angustia ante la reacción que paralizaba los impulsos de la reforma del 18...y escuché de sus labios este juicio: yo soñé que la universidad habría de ser la cuna del alma argentina, pensé que la ciencia que llegaba desde la vieja Europa iba a ser un instrumento que la universidad daría emoción nacional...pero me he equivocado...corremos el riesgo de esclavizarnos con modelos ajenos”. La coincidencia de Manzi y Gabriel del Mazo en FORJA, a partir de 1935, como continuadores del yrigoyenismo, indica la maduración de un proceso político del cual el movimiento de la reforma del 18 es un antecedente.
Desde la dictadura de 1955 se impondría el mito de una universidad pretendidamente progresista con base en un academicismo abstracto y universalista, sin compromiso con los problemas nacionales y del pueblo. Esta universidad ascética y cientificista, con centro en Buenos Aires, se presenta asimismo desde entonces, como continuidad de la reforma de 1918, la cual, según esta mirada, se habría hecho principalmente por razones de calidad académica y libertad profesoral, quedando en el olvido los rasgos fundamentales del antiimperialismo y latinoamericanismo. De la FUA antiimperialista al "fubismo" estudiantil instrumento de la oligarquía, como se quejaba Arturo Jauretche. Esta declinación política tenía una explicación sociológica por parte de Juan José Hernández Arregui, cuando advertía sobre la visión enajenada de esa "aristocracia modesta y diplomada" que reemplazaba la revolución nacional y social por la del "título universitario como un talismán de éxito individual y de diferenciación social de los sectores bajos". El movimiento universitario, en sus más variadas versiones, por derecha, centro e izquierda, abandonó su destino nacional, popular y latinoamericano y compra un perfil doctoral que, salvo momentos de excepción y figuras marginales, renovará como patente de corso hasta la actualidad.
La declinación del radicalismo como fuerza política a nivel país, también pesó sobre este devenir gris del movimiento estudiantil. Si Hipólito Yrigoyen fue objeto de un vaciamiento de contenido, cómo no lo iba a ser la reforma universitaria... Entre reformistas liberales, radicales antiperonistas, y una variedad matizada de izquierdas sin raíz nacional, se impuso una concepción liberal de la reforma del 18 en la que se velaba al antiimperialismo y latinoamericanismo de origen, como así también a la principal de sus figuras inspiradoras, Manuel Ugarte.

La importancia de Manuel Ugarte.
Manuel Ugarte es uno de los grandes pensadores políticos de nuestra historia, y a la vez uno de los mayores silenciados. Su olvido y desconocimiento contrasta con el prestigio y reconocimiento alcanzado en su tiempo, pese a su exclusión en Argentina. Las biografías de Norberto Galasso constituyen un formidable aporte para sacarlo del olvido y colocarlo en el centro de las ideas políticas latinoamericanas, aunque aún no termina de tener un merecido reconocimiento, con escasas excepciones como las del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana Manuel Ugarte de la Universidad Nacional de Lanus.
Manuel Ugarte, “precursor del nacionalismo popular” como lo calificó el historiador Juan Carlos Jara, fue antiimperialista por la denuncia al imperialismo yanqui con su política del garrote y al británico por su dominio económico; fue un socialista que pregonaba que el socialismo debía ser nacional, sin copiar tácticas europeas. En este sentido, Ugarte afirmaba que debíamos incorporar la cultura mundial, pero elaborar nuestra propia cultura nacional, sin europeísmos. Y la prédica más poderosa que lo impulsó a realizar una extensa y populosa gira continental, desde México hasta Perú y Bolivia, respecto de la necesidad de la unidad latinoamericana. De su trayectoria militante fuertemente comprometida dan testimonio esa extraordinaria campaña hispanoamericana y sus disputas con el socialismo local, cuyo partido dirigido por Juan B. Justo lo expulsaría en dos oportunidades por supuestas desviaciones nacionalistas y su neutralismo.
El antiimperialismo y el latinoamericanismo de la reforma de 1918 puede explicarse como legado de la generación de 1900, pero la figura de Manuel Ugarte es central. Ugarte no solo fue parte de esa misma generación, sino fue quien con el desarrollo conceptual y original alcanzado en su pensamiento político, influyó de manera más profunda en el movimiento estudiantil.
Fue orador principal en el acto de fundación de la FUA, donde hablan solamente delegados estudiantiles a excepción del propio Ugarte, con quien, sin pertenecer al ámbito universitario, tenían fluidas relaciones. Ni Alfredo Palacios ni José Ingenieros, de relevancia en la época, alcanzaron la importancia de Manuel Ugarte como referentes ideológicos de influencia. Incluso el primero, el denominado “maestro de juventudes” y luego devenido funcionario de la dictadura oligárquica de 1955, intervino al mismo tiempo en un acto en homenaje a los Estados Unidos con motivo del primer aniversario de su ingreso a la gran guerra de 1914. Según Galasso, el propio Gabriel Del Mazo, de militancia radical e historiador de la reforma de 1918, describe a Manuel Ugarte como de mayor influjo que los anteriores. El joven Deodoro Roca será organizador de la Unión Latinoamericana en Córdoba y admirador de Ugarte al igual que Haya de la Torre, fundador del APRA peruano continuador de la propia reforma de 1918. Como explica Galasso, la participación de Manuel Ugarte “denota claramente la influencia que él ejerció sobre los reformistas del 18, aun cuando años después, la deformación de la Reforma encarrilada bajo los cánones cipayos lo haya silenciado, ocultando la única explicación valedera del latinoamericanismo de ese movimiento”.
Tras la reacción que barrería con la reforma universitaria, una burocracia académica se colocaría en el centro de la escena como la encargada de producir una interpretación adecuada a la historia oficial y servil a los intereses políticos en contra del movimiento nacional. Parece una proeza si pensamos en Manuel Ugarte, Saúl Taborda, Deodoro Roca y en el jóven Gabriel Del Mazo e incluso en el propio José Ingenieros. Otras figuras fueron colocadas en el centro de la reforma universitaria, en una operación cultural oligárquica destinada a sustentar esa academia cientificista, semillera de esos maestros desorientadores que fustigaba Franz Fanon en Los Condenados de la Tierra.

Conclusión
A cien años de la reforma de 1918, su sentido histórico consiste en el impulso transformador de raíz nacional y la vocación latinoamericana mostrada, cuestionadores de un sistema educativo y cultural concebido como protector del orden oligárquico agroexportador y dependiente. Un ensayo revolucionario inviable si no confluía con los sectores populares en un frente político de liberación nacional, lo cual ya no era posible con el giro político del alvearismo y, luego con el regreso de Yrigoyen en 1928, ya sería tarde. Las consignas reformistas tendrían su continuidad, con un perfil diferente, en el ciclo peronista; después, en los años 1960 y 1970, resurgirían a través de diferentes expresiones nacionales, como las Cátedras Nacionales, sectores de la juventud peronista, al calor de las posiciones anticolonialistas y la lucha callejera por el regreso de Perón, y de sectores de la izquierda nacional orientados por la idea de alianza plebeya, como sostenía Jorge Spilimbergo con el planteo de la necesidad del encuentro político y cultural entre los obreros urbanos y rurales y la pequeña burguesía. Todo esto contribuyó a la nacionalización de los sectores medios cuyo proceso derivó en los acontecimientos del Cordobazo y las otras insurreciones similares, en las que, justamente, coincidían obreros y estudiantes universitarios.
El problema planteado alrededor de la reforma de 1918 se actualiza hoy en varias de las universidades nacionales del conurbano bonaerense, en las que una burocracia academicista puja por reproducir la tradicional casta profesoral –hace década instalada en la Universidad de Buenos Aires-, desplazando a quienes sostienen una perspectiva nacional. El problema educativo y universitario, en particular, como parte de la cuestión cultural en general, es, principalmente, un problema político, cuyo único sentido posible en nuestras tierras, en el contexto de una ofensiva de colonialismo ideológico, es promover y fortalecer los lazos de unidad, organización y capacidad de autodeterminación de los pueblos latinoamericanos.

Javier Azzali, junio de 2018.




Bibliografía mencionada:
Ferrero, Roberto, “Saul Taborda, de la reforma universitaria a la revolución nacional”, Alción Editoria, Córdoba, 1988.
Ford, Anibal, “Homero Manzi”, CEAL, Bs. As., 1971.
Hernández Arregui, Juan José, “La formación de la conciencia nacional”….
Jauretche, Arturo, “FORJA y la década infame”, Peña Lillo Ed., Bs. As., 1984.
Galasso, Norberto, “Manuel Ugarte, de la liberación nacional al socialismo”, EUDEBA, Bs. As., 2014.
Jara, Juan Carlos, “Manuel Ugarte, precursor del nacionalismo popular”, SIESE, Córdoba, 2006.

domingo, 3 de junio de 2018

UNA VISIÓN DE PATRIA GRANDE


Colectivo Político Carpani

Nuestros países latinoamericanos se encuentran en caída libre, tanto desde el aspecto institucional y la estabilidad política, como, especialmente, de sus economías. Después de más de una década de ciclo nacional democrático, mediante un proceso veloz de demolición de la Patria Grande y de imposición de políticas económica procíclicas, en el lugar de las anticíclicas que, en líneas generales, se ensayaban. El regreso del denominado neoliberalismo no es otra cosa que la imposición de la vieja intención de recolonización imperialista de los Estados Unidos y el poder financiero occidental, de control geopolítico de los gobiernos, y sobre los recursos económicos, naturales -hidrocarburos, agua, minería- y de fuerza de trabajo de los pueblos.
La desintegración de nuestra América es la reproducción ampliada de la destrucción de las regulaciones estatales en la mayoría de nuestros países, con la excepción de Bolivia, Venezuela, Nicaragua y Cuba. Reflejo del caos nacional en Argentina y Brasil, particular pero no únicamente, no hay, actuamente, ningún organismo supranacional con legitimidad suficiente desde donde acumular fuerzas a favor del interés nacional latinoamericano. La UNASUR y la CELAC han sido vaciadas, el MERCOSUR cuestionado en su fundamento principal con la exclusión de Venezuela y su injustificado giro hacia la Alianza del Pacifico y el forzado acuerdo, aún no concretado, de libre comercio con la Unión Europea. Hasta la OEA es inútil en este panorama, la que parece haber caído por el barranco de la historia sin retorno. Para colmo, la última Cumbre de las América fracasó en un lánguido bostezo que solo sirvió para los intereses de Estados Unidos, con control a distancia porque su presidente ni se tomó la molestia de viajar. Así, emergió un fantasmal Grupo de Lima, con la única finalidad de ser punta de lanza en la agresión planificada y sostenida por los Estados Unidos contra el país bolivariano, con sus promesas de violencia y guerra. Desde la invasión a Panamá en 1989 de tropas estadounidense, con más de 3.000 muertos, que no había una amenaza directa igual.
Además, una nueva doctrina de seguridad militar se impone desde los Estados Unidos: la militarización de favelas en Brasil, la amenaza de intervención militar directa o indirecta sobre Venezuela, y el reciente anuncio de una base “humanitaria” en la provincia de Neuquén, son parte de esa estrategia de dominio geopolítico imperial.
Ya no se trata de la imposición de un modelo de fragmentación, bajo el lema de dividir para reinar, o la integración para la dominación del panamericanismo de los años 1960 revivido en los 1990 con el Consenso de Washington, sino de un escenario de caos sin dirección aparente ni visible. Se trata de una mutación del tipo de dominación imperialista en la región. El predominio del poder financiero es un proceso histórico que tuvo su origen en las dictaduras del cono sur, y el despliegue de una estrategia imperialista con base en la opresión brutal de los pueblos, el sometimiento de sus fuerzas armadas -con la excepción de Venezuela, de donde saldría el militar antiimperialista Hugo Chávez- y el mecanismo financiero de la deuda externa y fuga de capitales,
Latinoamérica está siendo sometida entera a un nuevo experimento imperial, en el que toda expresión del estado nación como lo conocemos, es objeto de destrucción, con la finalidad de crear un escenario de tierra arrasada y poblaciones debilitadas para ser sometidas al capricho depredador de la especulación financiera. Sin industrias, ni mercados internos, trabajadores, campesinos, comunidades y, especialmente, sin ningún tipo de regulación, o sea la destrucción de los vínculos comunitarios y solidarios de base, y del estado.
El escenario de México es un testimonio de ello, con más de 100 políticos asesinados y de 2000 militantes sociales, tan solo este año, en el cual habría elecciones presidenciales y las encuestas dan todas ganador a Andrés Manuel López Obrador, del partido significativamente llamado Movimiento de Regeneración Nacional. Habrá que seguir el desarrollo del conteo de votos y la relación de fuerzas para llevar a cabo el plan de gobierno que promete, de recuperación del petróleo, defensa del trabajo, la tierra y el capital nacional. Alguna vez lo calificamos de la etapa superior del neoliberalismo por ser el lugar donde el acuerdo regional de libre comercio había desarrollarse con el NAFTA a diferencia de sudamérica, en donde el ALCA fracasó. Nuestros países tejen y destejen la historia de la Patria Grande sin lograr alcanzar la realización de la obra completa de un destino nacional común, mientros batimos entre un destino de patria grande o la frustración de ser una gris factoría financiera. ¿Puede Latinoamérica, sin costo alguno, ir a la deriva en el océano hostil y ajeno, sin dirección propia?
II.
Mientras los regímenes neoliberales de raíz semicolonial, están en caída libre; al menos hasta que no consoliden un sistema político de dominación. El problema es que, de no surgir una alternativa latinoamericanista, la caída arrastrará a todos los pueblos del continente. Es imprescindible mantener una visión de Patria Grande, en el medio del derrumbe. La recuperación de una senda de soberanía nacional latinoamericana es estratégica. El ya antiguo eje Buenos Aires-Brasilia-Caracas, a partir del cual se articulaba la alianza sudamericana, se ha quebrado pero aún resiste: la resistencia a la reinserción de Argentina en el FMI, el destino político de Lula y el triunfo electoral del Chavismo en Venezuela, son hechos políticos de cuyo desenlace depende el futuro inmediato sudamericano, a lo que se le suma la aparición política del progresismo colombiano que desafía a los rancios conservadores que se jactan del ingreso de Colombia a la OTAN. El triunfo del Chavismo en Venezuela es una muestra de la voluntad de autodeterminación de su pueblo organizado, a la vez que Evo Morales se sostiene con base en una amplia alianza social de base popular. Justamente, el líder boliviano fue quien, en la Cumbre de los Américas, alzó su voz para decir que el capitalismo es el peor enemigo de la humanidad y que la principal amenaza contra la paz es Estados Unidos. Y que no es tiempo de invasiones sino de integración. Un mensaje de esperanza y una visión de Patria Grande.
1 de junio de 2018.