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La
derrota electoral del candidato del PT y el acceso al gobierno de Brasil de
Jair Bolsonaro, significa la derrota política del nacionalismo democrático
liderado por Lula, y sella en forma adversa el destino inmediato de la
integración continental. Así pues, el péndulo se corre y se sacude hacia el
lado argentino, donde, aún con debilidades y torpezas, se deposita la esperanza
del reinicio de un ciclo nacional, para evitar una caída aún más profunda.
El
largo ciclo de sucesión de avances y retrocesos, que se ha descrito con razón
como de revolución y contrarrevolución, da lugar a una disyuntiva que, en el inicio
de cada ciclo da lugar a una consigna de hierro: crear las condiciones
suficientes para consolidar la historia en una única dirección, sea la
progresiva o la regresiva. A suerte o verdad, para nuestros pueblos que se
agitan entre los avances y las resistencias. Allí está la causa de los
genocidios y crímenes cometidos por las últimas dictaduras militares, o de las
políticas de destrucción y sometimiento de los años 1990, y que es suficiente
para justificar cualquier política de tierra arrasada para que no haya suelo
fértil para el regreso de los populismos, en caso de crisis de gobernabilidad.
El
ciclo progresista merece el calificativo de nacional por su defensa del interés
integracionista a favor de la autonomía y crecimiento continental, y de
democrático, por la profundización de la participación popular y las reglas del
debido proceso y el respeto de los derechos civiles, políticos y sociales. En
Lula se depositaba la esperanza de una reversión de las políticas reaccionarias
que habían ganado posiciones con el gobieno de Macri, en Argentina, y, con la
declinación del segundo gobierno de Dilma Rousseff y el ascenso golpista de
Temer. Su condición de líder con representatividad nacional, prestigio en todo
el continente, y capacidad política, lo
colocaban en lo alto de las encuestas electorales, por sobre el alicaído y
estancado PT. Así pues, su persecución judicial y mediática, su encarcelamiento
y finalmente proscripción, sumado a la impotencia política de sus seguidores
para responder con eficacia a tal difícil situación, sellaron la suerte del
país y también la de la región. Nos encontramos ante un auténtico proceso de
demolición de la unidad de la patria grande y de su institucionalidad
supranacional, que incluso retrotrae a una etapa anterior al Mercosur.
La
manipulación de la Big Data, indudablemente existe –la parcelización de la
información, su segmentación dirigida y la mentira programada- y sea de
dimensiones considerables, pero podría no ser la causa principal explicativa
del apoyo de sectores bajos y medios a candidatos que expresan programas
contrarios a sus intereses. Más bien, prefiero transitar por las zonas del
tradicional colonialismo cultural, sobre el cual opera toda acción política,
misturado con el agotamiento presentado por las políticas de los gobiernos
populares. Con todo lo progresivo que ha sido, sin dejar de rescatar todo su
valor, el ciclo nacional democrático ha encontrado obstáculos estructurales que
no ha podido superar, fortaleciendo entonces la capacidad de reacción de los
sectores oligárquicos pro imperialistas que, ahora, “avanzan hacia atrás”,
destruyendo todo lo que se pueda y remachando los nuevos tornillos para la
dependencia. Las dificultades, o lisa y llana imposibilidad en algún caso, de
perforar el techo levantado por las estructuras de economías dependientes,
concentradas y extranjerizadas, dejó presa fácil de alternativas ilusorias
creadas a la luz de falsas promesas de cambios, a sectores de la población que,
por su lugar social, deberían de brindar su apoyo a los movimientos nacionales.
A la vez, éstos quedaron como los responsables de una situación de crisis que,
en verdad, es parte de los modelos de país que, justamente, se supone sus
políticas deberían cuestionar.
Ahora,
Bolsonaro, en línea con el desarrollismo industrialista del ejército, hace no
mucho tiempo cuestionó la privatización de la estratégica empresa petrolera
Petrobras. Sin embargo, a la vez parece haber delegado el manejo de la economía
a Paulo Guedes, un neoliberal que viene anunciando la necesidad de un plan de
privatizaciones para pagar la deuda externa. Lo que sí está claro, es la
profundización de un giro pronorteamericano y en contra de la integración
sudamericana que habilita a pensar que se transita, otra vez como en los años 1970,
la huella del subimperialismo, como instrumento de los intereses de los Estados
Unidos en la región, mediante la supremacía de Brasil por sobre los países
vecinos, incluido Argentina. Los datos oficiales son elocuentes en cuanto al
perfil del intercambio comercial de Brasil. El 21,8% de sus exportaciones son
destinadas a China, el 12,5% a EUA y, recién, lejos y en tercer lugar,
Argentina con el 8,1%. Se deriva que la economía de Brasil, tanto en sus
exportaciones como en sus importaciones, es más de carácter global con China,
en primer lugar, y EEUU en segundo lugar, que regional con Argentina[i].
Vuelve con notoria vitalidad, las reflexiones del político y pensador de la
izquierda nacional uruguaya, Vivian Trías, cuando señalaba que la clave de la
unidad continental está en la relación Brasil-Argentina, ya que su estéril
rivalidad equivale a la desunión y debilidad del continente[ii].
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Se
avizora, posiblemente, el fin del ciclo de la democracia como sistema político
al menos tal cual lo conocíamos hasta ahora. Resaltemos: no estamos señalando
que regresen las dictaduras tal como las conocimos en el siglo XX, pero es
evidente que, las democracias regionales no son un sistema útil para el
establecimiento de los regímenes de la dependencia y para evitar el resurgimiento
de las políticas con interés nacional y latinoamericano. Su reconversión ya
empezó con los procesos electorales distorsionados por la intervención en las
redes sociales, la propaganda mediática, y la lisa y llana proscripción, que
fue un hecho real en Brasil y es una amenaza en Argentina. Lo que es claro, en
todo caso, que nada volverá a ser lo que fue, ni en materia económica, de
política exterior, ni en materia de democracia. Venezuela, Bolivia, Nicaragua y
Cuba, quedan en situación de extremo riesgo frente a las agresiones del poder
imperialista. El quiebre y sometimiento del país bolivariano, por sus
extraordinarios recursos naturales, en hidrocarburos, agua y minerales, es
prioridad para el imperio, por lo que es víctima de todo tipo de agresiones en
ascenso. Las consecuencias gravísimas que seguramente tendría una reacción exitosa, justifica
largamente la tozuda resistencia de los cuadros bolivarianos.
En
orden a pensar la realidad de nuestros países en una visión latinoamericana de
conjunto, debe señalarse que abona a la confusión generalizada la creencia en
una ola de nacionalismo formada por Trump, López Obrador, Bolsonaro y cuanto
líder europeo proteccionista haya. Vale, y mucho, recordar la necesidad de la
distinción conceptual entre el nacionalismo de una potencia opresora, como los
Estados Unidos, del de los países oprimidos. El primero expresa a la dominación
imperial, mientras que en el segundo, es una forma resistencia contra,
justamente, ese imperialismo, por lo que tienen significados opuestos; uno es
regresivo y el otro progresivo. Además, en el caso de Bolsonaro, el
nacionalismo de derecha y aristocrático no es lo mismo que el nacionalismo
popular.
La
recolonización guarda el objetivo de convertir el continente en una gran factoría
financiera y proveedora de materias primas, sin industrias ni desarrollo
productivo, sin paz y con clases trabajadoras empobrecidas y debilitadas.
Cuanto más rápido se puedan volver a alzar los programas nacional-populares y
democráticos, con eje en la integración regional con autonomía, mayor será la
fortaleza de la resistencia popular.
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